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Jueves al sol – Por Juan Carlos García

   

Hasta hace unos años doblaba la esquina con la certera convicción de descubrirla en la terraza de la cafetería de siempre, esperando mi llegada. Incluso ya tenía decidido que tomaría un barraquito bautizado (con todo). Pero, no. En ocasiones no había llegado. Reparaba en que el reloj lo tenía adelantado. En esas situaciones quedaba muy poco para que fuera en punto. En una de esas ocasiones, delante de mí, una mesa libre. Bueno, pues la esperaba allí.

Una brisa bonancible acercaba la música estridente que vomitaba un coche al circular por la calzada. Antes de sentarme, con las manos sujetando los apoyabrazos de la silla, creí reconocer en otra mesa a un familiar de un compañero de trabajo. Giró la cabeza y lo saludé con un gesto de aprobación, el mismo que me devolvió.

Mientras me acomodaba, el característico tono del teléfono móvil de una de las chicas ubicadas a mi espalda se adueñó del lugar. Observé y comprobé, al menos, una persona por cada mesa con el teléfono pegado a la oreja. Dos flores de tono bermellón se posaron sobre sendos platos, aún sin recoger, del cliente anterior. Se habían desprendido del flamboyán que protege la terraza de los rayos de sol. Los periódicos de la cafetería eran devorados por tres ávidos lectores que parecían no pestañear en su intento de comprender qué ocurría en Canarias y en el mundo.

El ulular de una ambulancia detuvo por un instante el quehacer de los presentes. Al llegar a nuestra altura todos fijamos la mirada en el vehículo hasta que desapareció. Entre los susurros de los viandantes y el estallido de un plato roto en la cocina de un bar de enfrente se deslizaba con rotundidad y precisión el tañido de las campanas de una iglesia cercana. Un sms me avisó: “Ya salgo”. Puntual.

Esperé por ella. “Sí, por favor, un barraquito bautizado”. “Sí, con todo. Gracias”. Desde hace unos meses, en esa misma terraza, la mayoría de los clientes sujetan un smartphone entre las manos. Vuelven a tañer las campanas. “Un café con hielo, por favor”. “Sí, con hielo”. Percibo la entrada de un whatsapp en mi móvil. Es ella. “Ya salí hace tiempo. Recuerda que aquí, en Barcelona, es una hora más”. Desde hace unos meses el flamboyán me protege de los jueves al sol.