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Legumbres congeladas – Por José Miguel González Hernández

   

Una de las preguntas más usuales que suele hacer la gente es por qué no le damos al botón de la maquinita que imprime billetes de forma incesante, por parte de los bancos centrales, y repartimos todo ese dinero de curso legal entre los mortales. La razón es bien sencilla: la inflación que tal hecho generaría nos comería por los pies. Un exceso de liquidez en un sistema, según la teoría cuantitativa del dinero, fomentaría el incremento de los precios. Para entenderlo, si todas las personas tuviéramos renta suficiente para acometer cualquier tipo de gasto, ¿por qué mantener un precio estable si sé que la demanda pujará al alza? Lo que haría la oferta es subastar al mejor postor. De esa forma, se generaría un desorden monetario provocado por la subida incontrolada de los precios, con la consiguiente pérdida de valor de la moneda, de forma que serían necesarias grandes cantidades de numerario para efectuar transacciones. Por su parte, los salarios, al crecer a menor ritmo que los precios, erosionan el poder adquisitivo. Además, la masa monetaria circulante se agigantaría, pero su valor nominal se vuelve ínfimo. Entonces se activa la amenaza de caída del sistema productivo, porque se pierde competitividad frente al exterior, teniendo como resultado la aparición del desempleo. Por eso, cuando pagas emitiendo billetes sin respaldo real, pasa lo que pasa: ruina y destrucción. Obviamente la crisis no ha originado un problema de hiperinflación. Realmente, sucede justamente lo contrario. En Canarias, por ejemplo, son las legumbres y las hortalizas frescas la rúbrica con mayor crecimiento en los precios, seguidas del tabaco (+19,7% y +10,8% en un año, respectivamente). Mientras, el azúcar y las papas lideran las caídas (-15,2% y -12,9% en un año, respectivamente). Sabemos que la inflación es el aumento generalizado y sostenido de los precios y que no todas las rúbricas que entran dentro del índice tienen la misma ponderación, de forma que los hábitos de consumo de las personas determinan el peso en el cálculo. Para calcular la inflación se tienen en cuenta todos los artículos de consumo diario, los bienes de consumo duradero y los servicios. Hay que tener en cuenta que en el dato sólo entra gasto, no inversión. Para medir el crecimiento de la inflación se utilizan índices que reflejan el crecimiento porcentual de una cesta de bienes y servicio ponderada. El nuestro es el Índice de Precios al Consumo (IPC). Esta semana fue publicado el último dato disponible. En él se puede comprobar cómo las características actuales de la demanda condicionan la evolución del dato tanto en Canarias como en el resto del país, de forma que aquellos territorios con mayor tasa de paro o menor renta media tienen una inflación menor. No obstante, como ya hemos visto, existen varios tipos de variables explicativas. Entre las más conocidas, está la de demanda, que obedece a las leyes del mercado, donde, si ésta excede la capacidad de producción o importación de bienes, los precios tienden a aumentar; o la de cambios en la estructura de costes, bien por modificaciones en los recursos que utiliza la función de producción específica o por modificaciones de la estructura fiscal que le afecta, y se desea mantener el margen. Teniendo clara la concepción teórica del término, la evolución condiciona la salud de las macromagnitudes. Por ejemplo, cuando el precio de un objeto o de un servicio crece por encima del 2%, habrá que analizar su estructura de costes porque es muy probable que tenga problemas estructurales en lo que a su provisión se refiere. Por otro lado, si tenemos un dato en negativo, las causas con mayor ocurrencia pudieran venir condicionadas por, o bien una mejora competitiva en las empresas suministradoras que permiten incrementar su productividad a menor coste, o bien por un reposicionamiento de la oferta ante una depresión de la demanda. Una de estas dos opciones está sucediendo en este momento. ¿Por cuál apuesta usted?

José Miguel González Hernández es Economista