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Un líder de los de antes – Por Juan Manuel Bethencourt

   

La nostalgia, poderosa donde las haya, invade los análisis sobre el significado de Adolfo Suárez para la aún joven democracia española. Dentro de esa tentación general por considerar que cualquier tiempo pasado fue mejor -y en algunos aspectos, lo fue-, se puede afirmar que en efecto, y en contradicción con el descrédito reinante en la actualidad, Suárez comparece en el momento de su óbito como un líder de los antes, es decir, muy superior a la mediocridad presente. El recién fallecido aglutina todos los ingredientes propios de un icono: pertenece al pasado, pero a un pasado relativamente cercano, susceptible de ser recordado por una mayoría de la sociedad; desempeñó en papel relevante en una etapa histórica, de modo que su tarea fue mucho más allá de la simple gestión de la normalidad, que por lo general depara poco lustre; es un dirigente reconocible, incluso por sus latiguillos (“puedo prometer y prometo”), su prestancia y esa condición de seductor enjuto, sobrio. Adolfo Suárez dio la talla en la hora grave del 23-F, justo cuando se firmaba su epitafio político, pues la aventura posterior del CDS hay que definirla como un momento crepuscular. Pero donde marca diferencias respecto a los dirigentes de este tiempo es en su audacia a la hora de tomar decisiones que en aquel momento sonaron como inauditas. Optó por la legalización del Partido Comunista y lo hizo un Viernes Santo, por la sencilla razón de que una democracia tutelada, que cerrara la puerta a las organizaciones marxistas, no dejaba de ser una democracia incompleta, imposible de homologar en esa Europa moderna a la que debíamos aspirar. En este lance dispuso Suárez de dos aliados bastante inverosímiles, pero increíblemente eficaces: un cura demócrata, el cardenal Tarancón, vilipendiado desde la acera propia; y un militar, el vicepresidente Gutiérrez Mellado, una figura crucial. Hay otro frente donde el talento conciliador de Adolfo Suárez resultó decisivo. Es el proceso autonómico, porque era preciso implicar a los nacionalistas catalanes y vascos en la ingente tarea de construir una democracia para todos. Suárez pactó con Tarradellas un discurso de proporciones históricas, el del 23 de octubre de 1979 en Barcelona. Un discurso muy medido, repleto de referencias al Estatuto de Autonomía y el autogobierno, también de loas al proyecto común articulado por quien años antes era joven dirigente del Movimiento Nacional, o sea, del franquismo. Pero finalmente Suárez no fue nunca un tahúr del Mississipi, como lo definió ese talento venenoso que fue siempre Alfonso Guerra, sino un estadista providencial. Estos días repletos de loas tienen un desarrollo previsible y un desenlace cantado: todos hablaremos de él, casi nadie le imitará. Quizá es que no nos atrevemos, quizá que simplemente no interesa.