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Lord Jones – Por Francisco Pomares

   

Fue Gilbert K. Chesterton quien dijo aquello de que “el periodismo consiste esencialmente en decir Lord Jones ha muerto a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”. Chesterton dedicó la mayor parte de su vida a dos actividades tan paradójicas -y parabólicas- como su propia literatura: la primera, tomarse muy en serio su propia experiencia religiosa, lo que le llevó del agnosticismo místico y teosofista de su juventud a una muy ruidosa conversión al catolicismo militante, algo que en la Inglaterra de principios del XX era bastante comprometido, y la segunda, tomar mucha distancia del conjunto de la Humanidad, incluyéndose él mismo. Su autobiografía es -desde la primera frase- una portentosa demostración del mejor humor inglés: “Doblegado ante la autoridad y la tradición de mis mayores por una ciega credulidad habitual en mí y aceptando supersticiosamente una historia que no pude verificar en su momento mediante experimento ni juicio personal, estoy firmemente convencido de que nací el 29 de mayo de 1874, en Campden Hill, Kensington…”. Casi nadie, este tipo. La cosa es que Chesterton nunca logró acabar sus estudios universitarios e hizo lo que muchos otros han hecho después ante tal tesitura: encaminó su vida profesional hacia el periodismo, actividad en la que no sólo no es imprescindible demostrar conocimientos ciertos de nada, sino en la que incluso resulta conveniente no saber mucho, porque esa es la forma de provocar empatía con los lectores.

Ya se sabe que los lectores (mejorando lo presente los míos) son gente de paso y con pocas luces, y los televidentes más aún, o sea menos luces y aún más de paso. Chesterton dejó de escribir en los periódicos en cuanto empezó a ganar dinero con sus primeros libros, en los que le dio a todos los géneros: ensayo, narrativa, biografía, lírica y viajes. Pero a pesar de no trabajar en prensa, jamás renunció del todo a ella: era un voraz devorador de periódicos, igual que su personaje más popular, el padre Brown, un cura católico, trasunto suyo, especialista en resolver misterios sin salir de la sotana. Al padre Brown nunca se le planteó el misterio que hace que los muertos famosos nos resulten siempre más grandes (y más queribles) que los famosos vivos.

Lo dijo Chesterton: “Es triste que nunca nos demos cuenta de que lo que existe hasta que falta”. Quizá sea una compensación inherente a la mediocridad social. También lo dijo: “La mediocridad consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”.