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Magnetismo – Por Félix Díaz Hernández

   

Un buen campo de estudio para los expertos en el comportamiento de la física o de relaciones rumanas podría centrarse en el magnetismo que algunas personas desprenden en su deambular vital. La tipología resultante seguro que será muy variada, pero analizar qué imbricaciones, enlaces neuronales o lo que sea que reactiva esa atracción imantada entre individuos debería ser, a la fuerza, lectura obligada antes de salir cada día a la calle. En ocasiones basta con cruzar una mirada, en detectar un brillo en los ojos contrarios, para encender una chispa de comportamiento irracional. Aunque también resulta muy decadente comprobar a diario que en nuestra “civilizada” sociedad, cada vez hay menos personas que miran a la cara, a la profundidad de los ojos ajenos cuando habla. Los factores de fundamentan este esquivo comportamiento serán muchos, pero el resultado siempre es el mismo, desconfianza. Por el contrario resulta maravillosa esa doble, subterránea conversación que se puede dar entre dos personas que, cuando hablan sus palabras manifiestan unos contenidos o sentimientos mientras que sus ojos manejan, vislumbran y dicen cosas habitualmente contrarias. El magnetismo, si existe, se palpa desde ese primer aterrizaje de unos ojos sobre los otros; y lo curioso es que una vez que se ha descifrado el inicial mensaje que lanzan las pupilas, el contacto visual es para siempre, transformándose en la llave maestra que, a partir de entonces, nos guste o no, abre todas puertas.

@felixdiazhdez