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Mayor Zaragoza – Por Luis Ortega

   

Titula la sección porque tuvo igual fama en la caída del franquismo y el primer aleteo de la democracia pactada que ganamos hace casi cuatro décadas. Y porque quien fue director general de la Unesco hizo gala, como todos los caricatos del casting, de un humor cutre y una frivolidad impropia de su edad en la parodia de la Operación Palace, mala copia del tal Évole (ahí están los antecedentes de mérito de Wells, la negación del alunizaje del año 69 e incluso la supuesta segregación flamenca) de un alambicado experimento sociológico. Fue la carnavalada de El Terrat, productora de divinos que no tuvo, ni tiene, narices para montar una ficción sobre el amago cansino de la secesión catalana. Me solidarizo con quienes se inquietaron con la ópera bufa, y de cierta solvencia técnica, porque por unos minutos piqué el anzuelo del adalid del nuevo periodismo. Pero no comparto, porque no merecen respuestas serias, el cabreo de gente que repudia la falsificación ni las justificaciones de los comparsas redentoristas. Me parece, lisa y llanamente, una inmundicia -digan mierda porque la voz no viola la tutela infantil- que dejó a un grupo de periodistas y políticos tal y como eran, tal y como son. Además del éxito de audiencia, sumaron otra alforja de plomo para la tocada monarquía y causaron un daño innecesario que no repara las disculpas posteriores a personalidades cuya actitud fue ejemplar -frente a las zonas de sombras vigentes- como los generales Gutiérrez Mellado y Fernández Campos, por citar sólo dos, y una falta de respeto a los ciudadanos que, entonces, creyeron en la democracia y a los que, pese a todo, mantienen esa fe. El plagiado montaje coincidió con la excursión de los bocazas del trío de la bencina, supuestos verificadores de la buena voluntad de ETA, la banda que, desde hace algún tiempo habla de paz y política, reclama acercamiento de presos y medidas de gracia, pero ni se arrepiente de sus crímenes, ni se disuelve ni entrega sus arsenales ocultos. Nadie sabe de dónde salieron estos tipos -ni quién les contrató y paga sus altos honorarios- que se reunieron con los garrulos de máscara y boina y posaron delante de unas pistolas y cajas de cartuchos. Requeridos por el juez Ismael Moreno declararon en la Audiencia Nacional pero como si nada. Ni Gutiérrez Solana hubiera pintado un carnaval tan negro y ácido y de tan torvas bufonadas; por eso, en este día para la penitencia, los actores deben marcarse con algún resto producto orgánico y que no sea ceniza, por favor.