X
la última (columna)>

Morir para engrandecer – Por Jorge Bethencourt

   

El deporte nacional de este país no es el fútbol. Mucho antes de ser triunfadores del mundial en Sudáfrica ya éramos campeones en la modalidad de la envidia, el rencor y la capacidad para el linchamiento. Nada como este buen pueblo para expandir los rumores más vergonzosos, las chanzas más crueles y las mentiras más expeditivas. Ningún prestigio es capaz de sobrevivir a una buena campaña jaleada por los medios de comunicación y expandida como las llamas de un incendio por los abundantes mentideros sociales.
Durante algunos días, los titulares rendirán homenaje a la grandeza de un hombre corriente, un tipo listo y carismático que simbolizó esa maravillosa chapuza llamada transición. Es el mismo tipo listo y carismático al que la gente llamaba hijo de puta y cobarde cuando ETA mataba a militares y guardias civiles, porque se negaba a mandar los tanques para invadir las calles del País Vasco. Es el mismo tipo listo y carismático al que banqueros, políticos y poderes fácticos echaron de mala manera haciéndole chivo expiatorio de las muchas culpas de una naciente democracia. Es el tahúr del Mississipi del chaleco floreado, el traidor a los sagrados principios del Movimiento franquista, el hijo del régimen devenido en demócrata de nuevo cuño… un polifacético personaje que fue despiezado a conciencia por los medios de comunicación y castigado por los electores como pocas veces se ha visto en Europa en unas elecciones.

Ese hombre encarna ahora que exhala su último suspiro, todas las grandezas que le fueron negadas. La figura de Suárez se eleva en la mitología mediática hasta alcanzar la talla gigantesca de un irrepetible hombre de Estado. Las costureras ya no le insultan camino de la guillotina porque su cabeza hace tiempo que rodó a gusto de la chusma. Como la de Felipe González. Como la de tantos a los que el populacho ha subido a la hoguera con el capirote puesto.

La transición fue la obra de mucha gente. Y se hizo posible por el talante de todos ellos. Ningún hombre solo cambia la historia. Adolfo Suárez fue un afortunado coprotagonista de ese cambio en el que trabajaron tantos. Y fue expulsado de la vida pública de una patada en el culo. Constituye una experiencia, no por repetida menos asombrosa, ver como este país se rinde ante la grandeza de sus personajes con la sola condición de que hayan muerto.