X
Conjeturas>

Navarro, el juez tranquilo – Por Juan Manuel Bethencourt

   

Uno no es que conozca en demasía a la profesión judicial y sus representantes. Como en cualquier oficio, y este requiere de una particular cualificación, hay de todo. La judicatura canaria está de enhorabuena tras la reciente designación de José Ramón Navarro Miranda como nuevo presidente de la Audiencia Nacional, en lo que supone un paso más para la carrera impecable de este magistrado tinerfeño. De un juzgado de instrucción capitalino a la presidencia de la Audiencia Provincial y, finalmente, una breve etapa de menos de un año como presidente del Tribunal Superior de Justicia de Canarias. En todas partes ha dejado Navarro esa impronta de profesional sereno y riguroso, poco dado a las tentaciones del estrellato, tan características de esta profesión (y de otras). Un juez es un individuo dotado de una responsabilidad muy especial, casi inédita en el espectro social. Los médicos son venerados por una condición más allá de la razón; el poder, aunque supuesto, sobre la vida y la muerte, les confiere un estatus especial, porque la salud, o mejor dicho su ausencia, es un vector que nos toca en lo más íntimo. El poder del juez tiene que ver con su capacidad decisoria sobre cuestiones que afectan a la vida, la libertad y la hacienda de los ciudadanos. Y es una capacidad en gran medida personal, intransferible, también inamovible salvo en los casos ya regulados por el propio ordenamiento jurídico. Por eso uno contempla con cierto recelo los ejercicios de vedetismo que a veces asoman en la propia carrera judicial. Los ejemplos son múltiples y no es preciso citarlos. Pero el buen juez, precisamente por los deberes que le son propios, no debe ser nunca un protagonista ni un imán para los focos, esos rápidos mortales del protagonismo y la fama estruendosa del papel, las ondas, las cámaras, los micrófonos, el ciberespacio. El concepto de juez estrella, tan manoseado en la democracia española desde distintas aceras políticas, es tan subjetivo como dudoso, por la sencilla razón de que hacer justicia obliga francamente a mucho. En este caso, hay una seña de identidad en la trayectoria profesional y vital de Navarro Miranda: es un tipo que exhibe una naturalidad asombrosa, que transmite solvencia pero desde una absoluta ausencia de impostura. Quizá el legado doloroso de su propia familia, con un abuelo represaliado por los golpistas -buen reportaje, en este mismo periódico, de ese sagaz periodista que es Tinerfe Fumero-, tenga algo que ver en ese modo de ser y estar que el juez tinerfeño muestra en cualquier tesitura. Podemos afirmar que, en efecto, la judicatura canaria tiene motivos para la celebración. Por el qué, por el quién, y también por el cómo.

www.juanmanuelbethencourt.com
@JMBethencourt