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Ni Rouco ni Blázquez – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Ni el cardenal Rouco es el lobo feroz, ni el arzobispo Blázquez es Robin Hood. Ni uno es la encarnación de la caverna más rancia, ni el otro ejemplifica el ideal del prelado progre (entre otras razones, porque entre los obispos españoles no hay progres, concediendo que el inadecuado término puede ayudar a que nos entendamos).

Si hay que ser sincero, el relevo en la cúpula de la Conferencia Episcopal se la trae al pairo a la mayoría del pueblo fiel. La verdad es que son los clérigos y los periodistas, en ambos casos sobre todo los marcadamente ideologizados, quienes convierten en noticia lo que en realidad es un hecho natural en la vida de una organización, de consecuencias muy limitadas para el día a día de los cristianos.

No soy tan inocente como para pensar que da lo mismo que una institución tan representativa la encabece una u otra persona. Los acentos, las prioridades, los diálogos o los desencuentros, la actitud de servicio o de poder, la acogida, los temas… muchas cosas importantes están en juego. Entre ellas, la imagen pública y publicada de la Iglesia.

Algunos obispos no consiguen esconder su permanente “cara de enfado”, esas maneras de quien está siempre comiendo “pepinillos en vinagre”, los deseos de medrar y acumular cargos, de vivir como príncipes en lugar de hacerlo como servidores… Estas cosas antes no se podían decir en voz alta, pero ahora que las ha predicado públicamente el Papa, dichas quedan. Ha sido él.

Sin embargo, ni el talante ni el talento de nuestros pastores es lo que hace crecer o retroceder en su fe a la familia de los cristianos. Al menos, no definitivamente. Ellos caminan delante y no pocas veces peregrinan demasiado solos; no por gusto, sino por la falta de ilusión de consagrados y laicos. Y siguen caminando. No dejan de esperar y confiar en aquel que les llamó a hipotecar su vida.

No. El problema no son los obispos, como tampoco son la solución. Lo que derriba nuestra verdad y mina nuestra credibilidad ante el mundo es la actitud de una comunidad, pastores y fieles, que ya no espera en Jesucristo. Lo que dinamita nuestro interior es mirarnos el ombligo, en lugar de mirar a Jesucristo.

“Sal de tu tierra, deja la casa de tu padre y camina hacia la tierra que te mostraré”. Ésa es la vocación a la que nos llamaron y el único antídoto contra la traición a nuestra fe. El que camina, aunque se equivoque, está a tiro de que la verdad lo alcance, porque la verdad quiso ser peregrina en esta tierra. Pararnos, llegar, plantarnos, fabricar tres tiendas en las que aparcar nuestras ansias de felicidad. Ése es el error que nos destruye. Un error de consagrados y de laicos.

Arropados por el calor de este tiempo de frío que es la Cuaresma, a los creyentes nos toca decirle al mundo que no es tal o cual monseñor quien enciende nuestras sonrisas, sino el perfume de una primavera que intuimos ya cercana. Y, mientras tanto, ayudemos a sonreír a nuestros obispos.

@karmelojph