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Otras transiciones – Por Juan Julio Fernández

   

Tuve la satisfacción de introducir el pasado 27 de enero, con el presidente del Casino, José Alberto Muiños, a Antonio Garrigues Walker en una conferencia que llenó el salón y que, por los aplausos y testimonios, satisfizo, mayoritariamente, a los asistentes. Al cumplir con el ritual, en este caso más protocolo que necesidad, intenté expresar mi convencimiento de que la pérdida de quien estaba llamado a ser un brillante político en una operación fallida y que él mismo no se recata en calificar como sonoro fracaso, ha quedado más que compensada con su consolidación como un pensador importante en unos momentos en que se echan de menos pensadores y líderes políticos punteros, algo que quise relacionar con la presencia en España, en la década de los cincuenta del pasado siglo, de figuras como Ortega y Gasset, Julián Marías, Gregorio Marañón, María Zambrano, Laín Entralgo y otros más a quienes tuve la suerte de escuchar en mis años estudiantiles en Madrid y que fueron decisivos para pasar de la dictadura a la dictablanda y favorecer un entorno y un clima político que propiciaron una transición a la democracia que asombró al mundo.

Hoy, más de treinta años después, podríamos hablar de avances, pero también de retrocesos y, por encima de todo, de la carencia de una articulación social como la que existe en otros países de nuestro entorno, en los que las organizaciones civiles llegan a tener más fuerza que los partidos políticos y consolidan con mayor participación ciudadana la democracia. Hoy en día la clase política se percibe más como un problema que como una solución lo que es particularmente grave. A los problemas territoriales se añaden los de la corrupción que aumenta el distanciamiento entre presuntos dirigentes y sufridos dirigidos.

Para Garrigues, más optimista que pesimista, hay futuro, aunque la España de hoy contabiliza como déficits un modelo territorial en crisis, una baja natalidad, una pobreza idiomática que dificulta nuestra internacionalización y un paro -llamativamente, el juvenil- injustificable e insoportable. Y añade que la época está siendo ciertamente difícil, “porque nadie en el mundo conoce qué es lo que está pasando, qué es lo que puede pasar, qué es lo que se puede hacer o no hacer”, lo que reclama, en grado máximo, un talento político que no se percibe.

En la conferencia habló de China con un crecimiento tan rápido que le va a exigir un liderazgo interno para afrontar una situación que puede cuestionar su estabilidad política y social y posó la mirada en África, como continente de futuro, para alejarnos del “precipicio que origina una globalización que avanza sin liderazgos claros, sin reglas de juego coherentes y sin controles democráticos y jurídicos”. Y aquí, en Canarias, estamos en África lo que, a primera vista, reclama liderazgos y coherencia para suplir y contrarrestar nuestra pequeñez y nuestra fragmentación con las ventajas que puedan derivarse de una educación orientada más que a títulos a garantizar el conocimiento, su internacionalización y su proyección al exterior.

Los monocultivos, a lo largo de nuestra historia, han supuesto ascensos fulgurantes y descensos lamentables. Y no podemos ignorar que el turismo no puede ni debe adoptarse como un monocultivo más. Ahora mismo, las prospecciones petrolíferas hay que verlas como una alternativa que puede minorar nuestra dependencia y antes que enfrentarse a ellas deberíamos aplicarnos a asegurarnos contra cualquier riesgo medioambiental, para que sean compatibles calidad de vida y turismo de calidad. Son transiciones vitalistas las que necesitamos y no estancamientos empobrecedores.