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Pagar y callar – Por Fermín Bocos

   

Fuertes con los débiles, débiles con los fuertes. Este se diría que es el principio que rige la filosofía de quienes aceptando la etiqueta de “expertos” en la materia aconsejan subir los impuestos. Pero no a las grandes empresas y las grandes fortunas que se guarecen tras las ingenierías contables o las Sicav. De esas se han olvidado en su informe. Menos mal que por convicción o por cálculo electoral, el Gobierno, de momento, no ha hecho suyo el estudio. Hablo de cálculo electoral porque todas las encuestas publicadas sobre intención de voto en las elecciones europeas coinciden en dos datos: que habrá mucha abstención y que hay mucha gente cabreada con el Gobierno, incluidos los votantes tradicionales del PP, en razón de la política fiscal. Montoro prometió bajar los impuestos y los ha subido todos. Es verdad que Rajoy heredó de Zapatero unas cuentas con más trampas que una película de chinos, pero también lo es que se han hecho cosas que para el ciudadano de clase media -el gran perjudicado por la política en materia de impuestos-, no tienen un pase. Sería el caso de la bochornosa amnistía fiscal que permitió irse de rositas a unos cuantos golfos que llevaban años burlándose del Fisco. O que en dos años todavía no hayan cambiado la ventajista legislación que permite a algunas de las grandes empresas tributar cantidades ridículas merced a los arabescos de ingeniería contable. Entre quienes están exentos de tributar y quienes se escaquean a ojos del Fisco -fuentes próximas al sindicato de inspectores de Hacienda cifran el fraude fiscal entorno al 30%-, resulta que apenas llegan a cuatro los millones de contribuyentes sobre los que reposa el grueso de la carga fiscal. Profesionales. Clase media cada vez más depauperada. Cuatro millones de ciudadanos en un país de más de 46. Es evidente que estamos ante una situación injusta por descompensada. Por eso, cuando vienen los “expertos” y resulta que su saber se reduce a decir que hay que subir -todavía más- los impuestos le entran a uno ganas de expatriarse. Porque, encima, está la otra cara de la cuestión. Qué se hace con los dineros públicos. Ahí es donde la película incorpora hechuras italianas. Por la colusión entre política y despilfarro. El problema no son las balanzas fiscales. Ni los listos. Que abundan y hacen como que no quieren entender que el principio de solidaridad es la base del pacto social sobre el que se sostiene la Constitución y quieren rancho aparte porque quieren comer más que los demás. No. El problema es que hay muchas estructuras políticas innecesarias. Redundantes. Y todas están llenas de políticos y asesores que viven de la política. Y todas hay que pagarlas. Y los dineros salen de los impuestos. La gente está que no puede más y cualquier día va a decir ¡Basta¡ ¡Basta ya de pagar y callar!