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País de contrastes – Por Román Delgado

   

Creo que fue el sábado pasado (en efecto, así es… ) cuando el asombroso ministro del Interior español, Jorge Fernández Díaz, en un acto oficial de colocación de la primera piedra de un cuartel de la Guardia Civil en Navarra, se apuntó con decoro a la imagen real más decimonónica del fin de semana y seguro que de los últimos meses y hasta años, en pleno siglo XXI, que esto no hay que olvidarlo. Sí, era el ministro que hoy manda en las fuerzas del orden, otro entusiasta de las vallas con cuchillas y además defensor de las pelotas de goma en escenarios de la muerte, el que posó junto al obispo y a la autoridad local de la Benemérita. El retrato oficial, en el que también metió la cabeza y parte del tronco la presidente del Gobierno navarro, Yolanda Barcina, representaba la estampa más desenfocada y descolorida de esta España que algunos aún se empeñan en reproducir en blanco y negro, y ello pese a tanto avance técnico en la captación de la luz, los paisajes y las caras que brillan tras la apertura del obturador. Pero esa foto hubiera quedado incompleta si el ministro, en un verdadero acto de fe, casi para hacer pleno, no hubiera acudido a besar la cruz en público, que, de manera muy religiosa, aguantaba con suma dedicación un clérigo del lugar. A mí, y creo que se nota, este ministro me dice muy poco. Vamos, que no me gusta; que no lo entiendo y que, además, no comparto casi ninguna de sus intervenciones, deslices, defensas y tantas otras cosas que, en cualquier país civilizado de este Occidente muy posmoderno, no hubieran dejado de producir carcajada tras carcajada, baño de lágrimas tras río de lloriqueo. Fernández es un nefasto gestor público, un ser arcaico, atrevido, falto de rigor, desconsiderado, hecho a la vieja usanza. Es muy de derechas en todas sus aristas y ángulos, y hasta en el infinito. Es tan de derechas que se mueve como pez en el agua delante de iconos antiquísimos, de símbolos muy presentes en la dictadura colocada porque sí, arrebatadora de libertad con fuego y metralla… Fernández, quizás en un país sólo un poquitín más avanzado que esta España rica en distorsiones, ya no sería ministro e igual hasta estaría jubilado, que es una forma muy noble de ser y estar. Por lo menos ayer, y algo es algo, el ministro le echó teides a un asunto de extrema vergüenza y castigó sin contemplaciones la fiesta de los Tejero en un cuartel de la Guardia Civil: fue el espectáculo intolerable del hijo que celebraba la golfería del padre. Digo bien: país de contrastes.

@gromandelgadog