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Paisaje después de la crisis – Por Francisco Pomares

   

En esta región viven hoy 300.000 parados y sus familias, cien mil de ellas destruidas por la pérdida de trabajo de todos sus miembros. Son gente condenada a vivir con escasas expectativas de conseguir un nuevo empleo, colgados de indemnizaciones, prestaciones o ahorros -en el mejor de los casos- o de miserables pagas de subsistencia. Es la gente que ha disparado el consumo de alimentos de bajo precio y marcas populares. Gente que cuenta los días que les quedan de cobrar el subsidio de 400 euros. Gente que engorda mes tras mes las estadísticas de la desigualdad social y la pobreza… Otro grupo afectado por la crisis es el de quienes viven pendientes de empleos precarizados por la situación de crisis: miles de autónomos y pequeños comerciantes, empleados de minúsculas empresas, dependientes, trabajadores sin garantías de continuidad, gente que ya ha experimentado reducciones salariales o acumulación de retrasos en el cobro del salario. Gente que a veces sostiene hijos mayores desempleados, o familiares cercanos golpeados por la crisis en situación de práctica indigencia. Gente que ha visto a sus gobiernos dinamitar el estado de bienestar y cargarles a ellos con la responsabilidad por la orgía de gasto y deuda. Y luego están los funcionarios: en los últimos años se incorporaron al grupo de quienes lo perdieron todo hasta cinco mil empleados públicos a los que se arrebató sus puestos de trabajo. Los demás, poseedores de un empleo garantizado por el Estado, no se plantearon que la última burbuja que iba a pinchar en esta crisis sería el hinchado globo de lo público. Era algo que nunca antes había ocurrido, y que provocó que decenas de miles de funcionarios a los que se recortó sus ingresos se sientan ahora también ellos en peligro, concientes de que la continuidad y seguridad en el empleo ya no es un privilegio intocable. Frente a todos hay todavía miles de personas -directivos, grandes propietarios, banqueros, dirigentes y políticos- que no sólo no han visto reducir sustancialmente sus ingresos a pesar de la crisis, sino que -gracias a la caída de precios e hipotecas- hoy disponen de más capacidad de gasto que hace seis años. No son los únicos responsables de lo que ocurre, ni todos ellos están instalados en la opulencia, pero aún se manejan desde la ficción de que cuando lo peor pase, todo puede seguir igual, de que la sociedad puede seguir funcionando con las mismas reglas o parecidas. Quienes trabajan para ellos saben que ya no es así, que nada volverá a ser igual.