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Pilar Manjón: el perdón purifica – Por Rosa Villacastín

   

Diez años es poco tiempo para olvidar a quiénes murieron y sufrieron secuelas en el atentado del 11M. Diez años es una eternidad si además del drama de perder a un hijo, a un padre, a un hermano, a un amigo, a un vecino, tienes que soportar el insulto y la calumnia de quienes apoyaron la teoría de la conspiración, convirtiendo a algunas de las victimas en el objetivo de su odio, de su resentimiento, de sus falsedades. De ahí lo importante que fue ver juntas a las presidentas de las asociaciones de victimas del terrorismo. Tres mujeres unidas por el dolor de haber perdido a sus seres más queridos. Tres mujeres haciendo de tripas corazón para que la unidad conseguida después de años de distanciamiento no se rompiera cuando quien tenía que haber puesto bálsamo en sus heridas, fuera el primero en desenterrar el hacha de guerra. Me estoy refiriendo a Antonio María Rouco, el ultraconservador arzobispo de Madrid, y también, por qué no decirlo, a los presidentes de la Comunidad de Madrid y de Castilla-La Mancha, quienes el día anterior al funeral de Estado celebrado en la Catedral de la Almudena volvieron a posicionarse al lado de quienes durante todos estos años no han hecho otra cosa que sembrar dudas sobre un juicio del que todos deberíamos sentirnos orgullosos, por la meticulosidad con la que se llevó a cabo y porque los autores materiales del terrible atentado fueran condenados y metidos en prisión. Un juicio del que salió fortalecida la democracia, el Estado de derecho, y la imagen de un país que ante catástrofes como la sufrida aquel maldito 11 de marzo del 2004 dio sobradas muestras de su humanidad y solidaridad, pero sobre todo de la capacidad de los cuerpos de seguridad del Estado para atender a los muertos y heridos, y detener a los asesinos en un tiempo récord. De aquellos días me quedo con una frase de Pilar Manjón, después de su magnífica intervención en el Congreso de los Diputados, y con la que tuve oportunidad de hablar por teléfono días después: “Rosa, el dolor purifica”. Debe ser cierto porque sólo una mujer con su fortaleza, su honestidad, es capaz de soportar los insultos y las vejaciones de que ha sido objeto por parte de quienes fueron y son incapaces de ponerse en su piel, y en la piel de quienes no pensando como ellos, se levantan cada mañana, con el dolor de saber que ya nunca más volverán a recibir el beso de su hijo, de su padre, de su marido o de su hermano muerto en el atentado más sanguinario de la historia de España.