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Privatización de casinos – Por Leopoldo Fernández

   

El Cabildo de Tenerife acaba de anunciar, tras aprobarlo en su última sesión plenaria, la próxima privatización de sus tres casinos de juego. Se trata de una medida largo tiempo esperada porque no parece lógico que una corporación pública participe en el negocio del juego, de la misma manera que tampoco debería tomar parte en empresas impropias del sector público, como un campo de golf, una empresa agraria, una imprenta o una bodega, por citar tan sólo unas pocas. No obstante, el Cabildo ha actuado durante años como punta de lanza empresarial en sustitución de la iniciativa privada, del mismo modo que hizo, y con buenos resultados generales, la firma Sodican. Pero esta sociedad, una vez lograda la rentabilidad de las distintas empresas que impulsaba, las ponía a la venta si antes no se veía forzada -como sucedió en algunos casos- a cerrarlas, sencillamente porque no resultaban viables. La creación de los casinos de juego tinerfeños -con el Taoro como referente inicial- fue, hace ya casi 40 años, una brillante idea de Rafael Clavijo en sus tiempos de presidente de la corporación insular. Contó con asesoramientos externos, sobre todo austríacos, y con un excelente elenco de profesionales para la formación del personal y para la puesta en marcha de las instalaciones. Con su creación se pretendía implantar en Tenerife un potente atractivo para el turismo que nos visita. La experiencia ha perdido atractivo a causa de la crisis económica, aunque el establecimiento de Playa de las Américas sigue generando saneados ingresos -y también, aunque en menor medida el de Santa Cruz- con los que cubrir el déficit del casino del Puerto. La idea de la venta, una vez salvados los derechos de los trabajadores, me parece, más que razonable, obligada; lo discutible es la fórmula, porque acaso sea más práctico otorgar una concesión por 40 o 50 años, con lo que no se pierde patrimonio, que acudir a la venta en pública subasta de las acciones de las tres empresas, no sea que se repita la falta se interés, como ha sucedido con el campo de golf de Buenavista. Y lo normal es que luego cada hotel o cada empresa interesada en el negocio ponga en marcha su propio casino, naturalmente con las debidas cautelas legales, tal y como propugna con buen criterio Ashotel. Pero el cabildo debe reducir cuanto antes su deficitario holding empresarial, salvo, en principio, el caso de las sociedades de carácter estratégico. Lo que no puede es seguir manteniendo, en plan hospital de empresas -al modo del antiguo INI-, un conglomerado de firmas deficitarias y sin futuro que restan fondos de mejor destino y suponen una carga insoportable para una corporación que arrastra una deuda cercana a los 400 millones de euros.