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¡Quiero ser presidente! – Por Francisco Pomares

   

Apenas un par de semanas ha tardado el candidatable Marcial Morales en pasar del “de ninguna manera y ni por asomo” al “si yo fuera presidente”. Tras la presentación en formato de entrevista y de aquella manera de su programa electoral, ya sabemos que a don Marcial le pone lo de sacar a Paulino de la poltrona paulina, para sentar en ella sus propios reales. Es lo que tiene la política, que en cuanto uno se para a reflexionar sobre sus propias opciones y posibilidades, sale uno que quiere ser califa en lugar del califa de dentro de cualquier armario. Aunque mejor que no se relama nadie, en la banda tinerfeña, pensando que Marcial suma para la operación de derribo de Rivero. Porque cada vez que a don Rivero le sale un adversario periférico, más difícil se le pone a quienes -desde su propia organización insular- quieren echarle. Me explico: la sustitución de este concreto presidente, después de dos legislaturas de crisis económica, chulería y errores, no debería concitar demasiada oposición, más allá de la del propio Rivero, familiares, universitarios de la vida y tiralevitas adheridos. Pero su sustitución y canje por otro tinerfeñ@ (aunque la ‘o’ de tinerfeño lleve arroba) es harina de muy otro costal. Después de cuatro años de Gobiernos con Adán Martín al frente y otros ocho de Rivero, que la candidatura vuelva a tocar en el lado occidental parecería como reconocer que Coalición cojea siempre de la misma pata, la pata tinerfeña. Esa opción no cuenta a día de hoy ni con el apoyo de los palmeros, escuchimizados por su expulsión del poder municipal e insular en La Palma, ni con la de los grancanarios, que -de paso- al oponerse a que sea de nuevo Tenerife la isla presidencial, apoyan a Rivero. Algún día habrá que contar cómo Rivero deshizo la organización de Coalición en Gran Canaria para poder controlarla, pero esa es otra historia. La de hoy es que Rivero juega con carta marcada en esta mano de envite de la candidatura: su largo mandato se ha convertido de hecho en la mejor garantía de que el próximo candidato -si él no repite- debe ser de otra isla. Es cierto que después de todo lo que ha llovido, sacar a Rivero de la candidatura no debería resultar demasiado difícil. Ocho años cociéndose a fuego lento han dejado la tostada convertida en un tizón renegrío. Pero otra cosa es conseguir -como pretende Clavijo- que a Rivero le sustituya otro tinerfeñ@. Aún así, Clavijo se lo está trabajando isla por isla. Si logra lo que quiere, será otro de esos extraños e insondables misterios de la política nacionalista en Canarias.