X
la última (columna) > Jorge Bethencourt

Sobre el agua – Por Jorge Bethencourt

   

El agua es un bien escaso y limitado. Y el suelo. Y el aire. Y en realidad cualquier elemento de la naturaleza. Por muy abundante que sea un bien siempre es finito. Sobre esa expectativa se ha creado, por los modernos estados, un discurso de apropiación colectiva en nombre del interés público. Es decir, ¿de quién es el agua de los ríos? De nadie, dice el Estado. Es de todos y su uso lo gestiona la Administración pública. Y cobra por ello, claro.

En Tenerife la historia se ha escrito de otra manera. Las aguas superficiales nunca se han podido aprovechar debido a las grandes pendientes de la isla y a la porosidad del suelo volcánico. Los isleños treparon por las montañas y crearon canales y galerías en una tarea ingente. Se fundaron las comunidades de aguas que otorgaban a cada partícipe un número determinado de pipas para regar sus cultivos. Y así se desarrolló la agricultura canaria y el abastecimiento de las poblaciones.

Pero empezamos a crecer. Y hoy, con un millón de habitantes, la realidad impone que sólo con las aguas privadas no se puede afrontar la demanda de tanta gente y tantas actividades. Hace falta producir agua nueva que no se obtenga de los acuíferos de la isla. Hacen falta desaladoras. Y hace falta regenerar aguas para reaprovecharlas en el riego o en otros usos complementarios.

Para algunos, el debate está en acabar con las aguas privadas. Pero eso es irrelevante. Primero, porque no hay dinero para expropiar las galerías y los canales que abastecen la Isla. Segundo, porque aunque las galerías y pozos sean públicas en vez de privadas no van a producir más agua. El litro privado no será un litro y medio por ser público. Ni más barato, me temo.

Las administraciones canarias han cosechado un clamoroso fracaso en el terreno de las aguas y la energía. Con excepción del Cabildo de Tenerife, las inversiones en materia hidráulica han sido muy escasas o desastrosas. Expropiar a los propietarios privados no es la solución. Esto no va de cambiarle el collar al mismo perro. Va de invertir en producir más agua pública y más barata. Y hacerlo bien. Mientras la tecnocracia pública hacía la presa de Los Campitos, los magos seguían dándonos agua para regar y beber. Sería bueno no olvidarlo.