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Suárez y el fatal desenlace – Por Juan Pedro Rivero

   

La muerte de don Adolfo Suárez la hemos podido vivir con el amortiguado devenir de 48 horas en situación crítica. La enfermedad de Alzheimer y la degeneración neurológica han influido en este desenlace final de la vida del ex presidente del Gobierno de España. Con las palabras de este título definía la prensa la situación las horas previas a su muerte: “se espera en cualquier momento el fatal desenlace”. Sin embargo su hijo comunicó a la prensa las cosas de otra manera: “Mi padre está ya en manos de Dios”. Y no nos cabe duda alguna que ambas expresiones poseen una clara diferencia: entre estar en manos de Dios y esperar el fatal desenlace, para mí, la diferencia tiene una abismal distancia; tanta como la que existe entre el drama y la tragedia: entre la experiencia vital difícil de digerir y la catastrófica noticia de un final desgraciado. En estos días hemos podido escuchar el testimonio de familiares cercanos que narraron los últimos años de la vida de don Adolfo. Entre otros detalles, su hijo contó cómo el año 2005, ya con limitaciones de lucidez, pidió que un sacerdote le asistiera espiritualmente. Recibió el sacramento de la Confesión y se dispuso a aceptar el devenir de su enfermedad. Por eso, con toda razón, remarcó su hijo que “ya estaba en manos de Dios”. ¿De qué nos puede servir la muerte de un ex presidente del Gobierno de la Nación? Para poco si nuestra perspectiva vital se agota en el desenlace final que denominamos “muerte”. Tal vez sirva, entendida así, como un saludable remedio a nuestra prepotencia que alberga la falacia de un comportamiento que se imagina sin final. Nos ayuda a relativizar el presente. Pero para poco más. No se trata de agarrarnos al clavo ardiendo de una ilusa esperanza. Se trata de edificar el sentido de la vida y su significado último sobre la respuesta esperanzada de un anhelo razonable en una existencia que precisa ser sanada. Por eso las manos de Dios son las adecuadas. La vida que vivimos no es la última etapa. La muerte que sufrimos no es el final. “No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no viváis como hombres sin esperanza” (1 Tes, 4, 13).
El desenlace no es, ni será, fatal.

Juan Pedro Rivero es RECTOR DEL SEMINARIO DIOCESANO
@juanpedrorivero