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Vaya cagada – Por Jorge Bethencourt

   

Decía Joaquín Garrigues Walker que si los ciudadanos supieran de lo que se habla en los Consejos de Ministros, saldrían corriendo a toda prisa hacia el aeropuerto para mandarse a mudar rápidamente. Tal vez muchos se lleven las manos a la cabeza -con peligro de pincharse en ciertos casos- al descubrir en qué manos está nuestra seguridad, pero lo ocurrido ayer con el supuesto avión supuestamente caído en aguas de Canarias no es más que un signo de los tiempos de chapuza que vivimos. Una muestra de la prisa que rige nuestros comportamientos, del hecho lamentable de que aquí primero se dispara y luego se piensa. Los medios de comunicación nacionales e internacionales extendieron la noticia como un incendio azotado por un huracán mediático. Un avión había caído al agua en las Islas Canarias. Se había confirmado en las redes sociales por el 1-1-2, el servicio canario de emergencias. “Control Canarias confirma la caída al mar de un avión a dos millas de la costa. Se desconoce el número de pasajeros”. Como en esta sociedad funciona un mecanismo especialmente favorable a la reacción histérica y a incrementar la credulidad especialmente cuanto más negativa y morbosa sea la noticia, que en este caso venía avalada por una fuente oficial, la información adquirió de inmediato los tintes de tragedia.

Y Canarias volvió a exportarse como escenario de un desastre por los titulares de medio mundo antes de que algunas voces sensatas alertaran de la gravísima metedura de pata. Confundir visualmente una gabarra con un avión es posible. De hecho ayer pasó. Pero eso está bien para un prójimo que está pescando subido a un risco, no para gente que dispone de radares, emisoras y sofisticados equipos técnicos. Como la ministra de Fomento, Ana Pastor, estaba en Canarias reunida con periodistas el “accidente” creció como la espuma. A la misma velocidad que creció después la vieja costumbre pública de no asumir responsabilidades y tirarse la culpa de unas manos publicas a otras, como un maloliente excremento mediático. El 1-1-2 graba todas las comunicaciones. Ya están tardando en remitir a los medios la transcripción para que sepamos quién metió la pata hasta el corvejón. Esto no va de echarse la culpa unos a otros, como niños con un juguete roto. Esto, chicos y chicas, ha sido lo que vulgarmente se llama una cagada.