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Antonio Ribeiro de Spínola – Por Luis Ortega

   

Sometidos a los poderes económicos que no admiten reglas para su codicia y sus prácticas, vigilados por los hombres de negro (especializados en amedrentar a los europeos del sur), los portugueses celebran casi sin ruido el cuarenta aniversario de la Revolución de los Claveles, el adelanto por la izquierda en la caída de las dictaduras ibéricas. Fue motivo de sana envidia -nos ganaron por veinte meses y sin necesidad del óbito del jefe- y, a la vez, una lección práctica de la inutilidad del continuismo, vistiera como se vistiera. Antonio Sebastiao Ribeiro de Spínola (1910-1996) tuvo claros paralelismos con Francisco Franco (militar con campañas coloniales y el anticomunismo que le llevó a la División Azul, fue gobernador de Guinea Bissau y, en 1973, ministro de Ultramar) y netas diferencias porque, desde su integrismo, dejó una docena de textos políticos al menos legibles.

Porque el poder es apetecible para quien lo conoce, anticipó con un torpe travestismo democrático, la aventura fallada, dos años después, de Arias Navarro.; con todo, sus activos fueron infinitamente mejores que los del presidente español que sucedió al asesinado Carrero Blanco. En 1974 apostó por fórmulas políticas frente al conflicto armado en unos territorios que hoy son independientes. Portugal y el futuro, un libro con esa tesis, le valió el cese del gobierno de Marcelo Caetano, que lo había nombrado Jefe del Ejército; en esa condición, y tras la Revolución de los Claveles, recibió la dimisión de su enemigo y se puso al frente de la Presidencia de la República de Portugal. Sólo permaneció en su cargo cien días, en los cuales intentó, sin fortuna ni apoyos, intervenir en política y, sustituido por el general Costa Gómes, fracasó estrepitosamente en un golpe de estado y huyó a España, donde fue acogido de buen grado por el régimen. Devaluado popularmente, el presidente socialista Mario Soares en 1987, en un discutido gesto de conciliación, reivindicó su papel “en hechos de heroísmo militar y cívico y como símbolo de la revolución de abril y primer Presidente”. Mientras Spínola reposa -o se revuelve de ira- en la Cripta de los Generales del Cementerio de San Joao, junto a compañeros de armas y enemigos políticos, sus paisanos evocan con cierta nostalgia los buenos años en los que el 25 de abril llenó de entusiasmo de futuro las calles de la “Lisboa, antigua y señorial”, a la que los agoreros europeos anuncian veinticinco años de recortes y controles, frente a las insolidarias exigencias de los señorones del norte.