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después del paréntesis>

Argentina – Por Domingo-Luis Hernández

   

Viví una temporada extraordinaria de mi vida en Buenos Aires, la Capital Federal de Argentina, el territorio de los porteños, en el año 1987. Hay muchas cosas que te atraen de esa ciudad: la hermosura y el esplendor que sale de la riqueza del siglo XIX y principios del XX y que diseñó un enclave vecinal al estilo de París; los parques, las plazas, el paseo a orillas del río, los cafés, algunos museos, los cementerios, los teatros, el Tigre… Se añadía a la maravilla una vida cultural intensa. Ir al cine en Buenos Aires era una revelación, porque el público aplaudía a rabiar si la propuesta vista era satisfactoria. Y las librerías en la calle Corrientes permanecían abiertas hasta altas horas de la madrugada, con ediciones de viejo impensables a precios ridículos. Una de las cosas de que más orgullosos estaban los porteños era de la seguridad. El país ideal de toda América Latina, un latido lejano de Europa. De manera que era posible deambular sin temor a cualquier hora del día o de la noche por las calles y podías cruzarte, por ejemplo, con una chica que paseaba sola en la madrugada. ¿Qué ha ocurrido en Argentina para que semejante cualidad se haya esfumado? Cabe suponer que lo que sucede tiene relación con la articulación misma del Estado. De la primera potencia del mundo, al nivel más siniestro de la exclusión. Esos manejos afectan a la desaparición de las clases medias, a que personas más o menos acomodadas (como los profesores de universidad) sientan el acoso de la penuria. Las diferencias sentaban el principio allí: difícil comprar una casa o no era raro ver a un físico nuclear convertido en un experto en mecánica para tener a punto el viejo Mercedes que heredó de su padre. Lo vi en el Tigre, en la desembocadura del Paraná: decenas de suntuosos yates. Transmití a un amigo el pasmo. El 10%, me dijo. Y supe que la deuda de Argentina coincidía, peso más, peso menos, con la fortuna que las clases pudientes de ese país tenían depositada en el exterior. Años después temblé al saber que muchos niños se morían de hambre en el país de las vacas y de la carne. Buenos Aires es un entramado proverbial. En la zona de privilegio, la Capital Federal. Por los efectos de la inmigración fueron añadiéndose a su cordón de seguridad nuevos núcleos de población. Viven allí los trabajadores y los abducidos por el sueño dorado. País doble entre autóctonos y los que lo tomaban como una posibilidad. Conservar (la ciudad de Borges) y futuro imprevisto (la ciudad de Roberto Arlt). Boedo, Flores, Perito Moreno…, frente a la central calle Florida, dan el Gran Buenos Aires, con 15 millones de habitantes y zonas de pobreza y marginación pavorosas. La desesperación gana el centro. El país más seguro de América se convierte en una plataforma de secuestros exprés y el de mayor índice de robos del continente. La reacción es apabullante. Un chico de 18 años fue apaleado y muerto en Rosario por los vecinos tras robarle el bolso a una mujer de 21. Los chorros y los motochorros hacen estragos. Que en el central barrio de Palermo, en Buenos Aires, o en la Recoleta ocurriera lo mismo, no se tiene por extraño. En tres semanas, 12 linchamientos. ¿Por qué? Los habitantes de Buenos Aires y de las otras ciudades de Argentina dicen estar hartos de vivir la violencia en las puertas de sus casas. ¿Por qué tomar la justicia por sus manos? Los mismos que inventaron el corralito, que urden la sospecha de la corrupción, de las maniobras económicas más alucinantes y de las programadas dádivas a los mandatarios y pudientes, ese Estado para la gente común, para los ciudadanos a los que si no les alcanza el bienestar al menos que cuenten con el decoro de la supervivencia, ese Estado es un “Estado ausente”. Espeluznante.