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Los que arruinaron la tierra – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

El evangelio narra hoy la vuelta a la vida de Lázaro, el hermano de Marta y María. Acaba el intenso relato con una frase intrigante: “Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús creyeron en él”.

Me parece una afirmación enigmática, porque lo lógico sería esperar que todos los que allí estaban y otros tantos de los alrededores, sobrecogidos por la inusitada visión de un muerto que se levanta de su tumba, hubieran creído en Jesús y lo hubiesen acompañado ya para siempre. Todos, sin excepción.

Pero no. Dice Juan que fueron muchos, no todos. Y no para siempre. Me resulta muy fácil imaginar a otros muchos urdiendo enrevesadas teorías de la conspiración para justificar cómo había sido posible todo aquello: que si realmente Lázaro no había muerto y todo era un montaje, que si no era él sino uno que se le parecía, que si con las vendas era imposible identificar al revivido, que si el nazareno y las hermanas…

No me cuesta imaginar mil y una excusas para no apostar por la vida, para no esperar ya el triunfo de la vida. De hecho, una reacción tan mezquina no se aleja tanto de lo que a menudo nos encontramos a nuestro alrededor o experimentamos en nuestro interior.

El rezo de vísperas del pasado jueves me despertó a una verdad transformadora: es tiempo de terminar “con los que arruinaron la Tierra”. Es el momento de quitar la voz a los mensajeros de malos presagios, de dejar sin atril a quienes predican la muerte, de desenmascarar a quienes no esperan ya nada y pretenden contagiar su pesimismo. En la Iglesia y en el mundo.

Ellos arruinaron la Tierra. Nos convencieron poco a poco de que pisamos un valle de lágrimas sin redención. Ellos escondieron que aunque aún vivimos en la fe, estamos ya preñados de un futuro que podemos disfrutar como anticipo. Ellos vistieron de negro la esperanza y la mantuvieron disfrazada en nuestras calles y nuestros templos para que nadie tuviera la tentación de soñar y comprometerse con un mundo nuevo.

Jesucristo es ese nuevo mundo. Y la cuaresma, fría toda ella, toca a su fin apuntando a una sola dirección: “Es el Señor”, aclamaremos pronto. Y luego vendrá él y nos dirá al oído, como a Lázaro: “Sal afuera”. Sin miedo. Afuera, donde está la vida. Donde de verdad se cuece la experiencia cristiana. Afuera: entre los problemas y los hombres, entre los proyectos que se frustran y los sueños que nacen. Allí donde todo ha de ser redimido por la palabra amable que viene de parte de Dios.

Afuera. Donde no tienen nada que hacer los que arruinaron la Tierra. Esos que no serían capaces de sonreír ni aunque un muerto se levantara de su tumba. Esos que han elegido ser sepulcros en lugar de incubadoras.

@karmelojph