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Autocomplacencia y estupidez – Por Francisco Pomares

   

Corremos el riesgo de convertirnos en una sociedad estúpida y onanista: el Parlamento aprobó el martes -¡por unanimidad!- una solidaria propuesta del diputado Nicolás Gutiérrez, nacionalista de Fuerteventura, para que los centros escolares distribuyan la comida sobrante de sus comedores entre las familias que lo necesiten. Un bonito titular sobre la caritativa sensibilidad de los padres de la región, ante el que es difícil no sentirse conmovido. El diputado en cuestión nos alegra el momento explicando que medidas como esta, tan próximas a los intereses reales de los ciudadanos, son las que deben emanar de la Cámara. Y surge de nuevo el aplauso complacido y complaciente. La cosa es que al margen de su florido y humanitario enunciado, lo de repartir comida a las puertas de los colegios es una medida bastante inane, cuando no directamente perjudicial. Es probable que en algunos comedores escolares sobre algunas veces comida, sobre todo en aquellos que no funcionan con servicio de catering, o en los que se producen ausencias importantes, y el cálculo de cocina no es todo lo exacto que debiera. Pero lo difícil es como aprovechar esos alimentos sobrantes, definir en el día a día lo que se considera reutilizable y lo que no, qué logística debe implementarse para que esa comida llegue en condiciones aptas para el consumo a quien realmente la necesita, decidir quien se ocupa de la recuperación de lo sobrante y su distribución en centros sobresaturados en los que a duras penas se cumple con las funciones educativas, calcular cuanto cuesta asumir la medida y qué impacto social -sobre las familias y sobre los alumnos- tendrá el ser expuestos a la caridad pública. El Parlamento de todo eso no dice ni mú, se conforma con aplaudir la propuesta, quizá porque lo que pretenden sus señorías no es resolver un problema complejo, sino evitar ser señalados como gente desalmada a la que no le importan los padecimientos ajenos. Y el aplauso lo pone una sociedad hipócrita, mucho más interesada por los gestos que por los resultados. Pertenezco a una generación que fue educada en la consideración de que es un crimen tirar comida cuando hay mucha gente que pasa hambre. Y comprendo perfectamente la buena voluntad que inspira al señor Gutiérrez. Pero me espanta la hipótesis de la redistribución de sobras. Una sociedad realmente solidaria hace las cosas de otra manera: por ejemplo, con esas miles de comidas servidas en verano que tanto y tan duramente criticaron los mismos que ahora han votado como un solo hombre el regreso de colas con perolas a las puertas de los centros escolares.