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La brecha – Por Antonio Casado

   

Este jueves en Barcelona, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, utilizó los buenos datos de crecimiento y empleo como elementos de persuasión frente a las tentaciones independentistas, y en el resto de España como el clarinazo electoral ante las europeas del mes que viene. Todo ello con la colaboración del Banco de España, cuyo último boletín -tres trimestres seguidos ya sin números rojos- confirma el fin de la recesión, y del Instituto Nacional de Estadística, con una EPA que, con ciertos retoques en el censo poblacional revisado en 2011, nos anuncia que baja la tasa de paro pero sube el número de parados. Nada que ver con la percepción de la realidad manufacturada expresamente por el PSOE, de cara a las urnas del 25 de mayo. Entienden los socialistas que Moncloa no puede presumir de un presidente que pasará a la historia como el que alcanzó durante su mandato el mayor número de parados (27,16 %), la mayor tasa de paro juvenil (57%), el mayor nivel de endeudamiento público (96,5 % al cierre de febrero, con tendencia a subir) y la mayor subida de impuestos de la Democracia.

Sin embargo, en la reunión del Comité Ejecutivo del PP llevada a cabo el pasado martes, con testimonios de aburrimiento explícito robados a Esperanza Aguirre y Ramón Valcárcel (los micrófonos chivatos, una vez más), Rajoy se dirigió a su gente con la consigna de municipalizar la campaña electoral que se avecina. Se trata de conseguir de sus dirigentes territoriales (alcaldes y concejales, básicamente) una ofensiva puerta a puerta que motive a los votantes propios, a fin de evitar que acaben engrosando las filas de la abstención. El argumentario que desplegarán los agitadores de la campaña del PP, desde el cabeza de cartel, Arias Cañete, al último concejal del partido, se basa en un esforzado pregón de síntomas precursores de la recuperación económica, creación de puestos de trabajo, la prometida bajada de impuestos y, cómo no, la “herencia recibida” del PSOE. Tal vez sea este último elemento del guión de campaña del adversario lo que ha provocado en los socialistas una dura réplica argumental. Consiste en presentar a Rajoy como el presidente que hizo retroceder a España y a los españoles en derechos y en bienestar. La forzada necesidad de diferenciarse ante un nuevo cruce electoral de los dos grandes partidos genera esta brecha argumental. Se entiende la obligación del presidente del Gobierno de trasladar a la opinión pública una visión optimista. Y se entiende que un partido de izquierdas ponga el acento en el coste social de la recuperación económica. Pero no se entiende la incapacidad de las dos fuerzas políticas que ocupan en el centro del sistema para concertar un mensaje de común compromiso con el bienestar de todos por encima de los intereses de partido.