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El buen periodismo de García Márquez – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Los medios de comunicación de todo el mundo dedican grandes espacios a exaltar los méritos y el legado del recién fallecido Nobel de Literatura Gabriel García Márquez. Todo, más que merecido, sin duda, por la enorme calidad de su obra literaria y por el realismo mágico que subyace en ella. No voy a incidir por tanto en lo que han dicho voces mucho más autorizadas que la mía. Pero sí me interesa resaltar la faceta periodística de Gabo, de no menor mérito e importancia que su trabajo novelístico. Aunque esa vertiente sea poco conocida por muchos de sus lectores, García Márquez fue un pionero del nuevo periodismo que ejercieron Tom Wolfe, Truman Capote o Gay Talese, por citar a tres de los profesionales más conocidos. Ya desde finales de los años cuarenta, cuando se inició en el mundo del reporterismo, Gabo dejó muestras de su vocación periodística y de sus técnicas de ficción al narrar espléndidamente -muy al estilo Faulkner, el Nobel norteamericano del que siempre se confesó devoto admirador- diversos sucesos de alcance nacional. En aquel tiempo también escribía ocasionalmente poesía, bajo el seudónimo de Javier Garcés, y dio a conocer su primer cuento, La tercera resignación, en el diario El Espectador, donde también apareció, en mayo del 48, su primer texto periodístico, que tituló Los habitantes de la ciudad. “Mi primera y única vocación es el periodismo. Soy un periodista, fundamentalmente”, ha repetido el Nobel en varias entrevistas. Y para recordarlo, en un coloquio con estudiantes, remarcaba en 1985: “Mi nostalgia es volver a ser reportero. Dicen que yo he inventado el realismo mágico, pero sólo soy el notario de la realidad”.
Obra esencial
Su obra periodística esencial ha sido compendiada en tres volúmenes titulados Textos costeños, Entre cachacos y Notas de prensa. Europa y América Latina. Existen además magníficos trabajos dispersos sobre diferentes temas, entre los que destaca El mejor oficio del mundo, texto de una conferencia que pronunció en 1996, ante la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa, en Los Ángeles, una especie de manual del buen periodismo y su obligado aprendizaje desde los puestos más modestos. García Márquez era consciente del daño que, por un mal ejercicio profesional, puede causar el ejercicio de esa vieja profesión, debido a “manipulaciones malignas”, “tergiversaciones venenosas”, “agravios impunes”… No es preciso citar ejemplos cuando sistemáticamente vivimos las desviaciones de un periodismo incompetente y sectario. “Nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio”, a juicio de Gabo, que huía de las entrevistas; es más, las odiaba, y tal vez por esa mala consideración fueron muy pocas las que concedió a lo largo de su vida. En cambio, amaba el reportaje. Y lo justificaba porque “la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites. Pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma… El reportaje me ha parecido siempre el costado más útil y natural del periodismo… Creo, hoy más que nunca, que novela y reportaje son hijos de la misma madre”. El gran Ryszard Kapuscinski, referencia obligada del buen periodismo, reconocía que las novelas de García Márquez “provienen de sus textos periodísticos. Son un clásico del reportaje…, que trata de mostrar y describir los grandes campos de la vida o los acontecimientos. Su gran mérito consiste en demostrar que el gran reportaje es también gran literatura”. José Antonio Zarzalejos señala por su parte que “los escritores dirán que fue el mejor de los suyos; pero los periodistas afirmamos que fue el mejor de los nuestros. Que nadie en los tiempos de los tiempos escribió como él el mejor periodismo en español, nadie como él dominó el reportaje -¿qué otra cosa es la colosal Crónica de una muerte anunciada o Noticia de un secuestro?-, ni llegó tan alto”.
Formación y misión del periodista
Perfeccionista y minucioso en su trabajo, con un estilo directo, sencillo y diáfano, García Márquez consideraba -en contra del criterio de la inmensa mayoría, entre la que me cuento- que el periodista nace, no se hace. Es una afirmación más que discutible, como atestigua la experiencia. También son discutibles ciertas prácticas del Gabo de los primeros tiempos, que evidencian un abuso de la exageración, la ficción o la inventiva, como en el conocido caso de la falta de agua en Caracas, que resultó ser una mentira de principio a fin. El francés Jacques Gilard, que ha prologado y recopilado la colección Obra periodística de Gabriel García Márquez, considera que el Nobel abusa de “la intervención de la imaginación”, porque “el periodista se borra momentáneamente detrás del novelista” y observa las reglas de la prensa amarilla.
Como afirma en su libro Yo no vengo a decir un discurso, Gabo es muy crítico con los jóvenes que salen de las facultades y escuelas de periodismo sin una vocación clara, con una noción intrépida del oficio, un afán de protagonismo desmedido y la pretensión de ofrecer lecciones morales y políticas, sin capacidad para ordenar y jerarquizar adecuadamente la historia que quieren contar, con graves problemas de gramática y ortografía e incluso dificultades para una comprensión reflexiva de textos. Toda la formación -opinaba- debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio, sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón. Acerca de la misión del periodista apuntaba que es “más de describir que adjetivar. Contar más que juzgar o señalar. Elegir las palabras justas, dar información, entretener. Narrar más que pontificar o valorar. Describir un hecho con mis ojos y las de las voces implicadas, cuantas más mejor, para crear un fresco, un retrato de ese momento, de ese suceso, que le dé los elementos de juicio suficientes al lector para que él mismo saque sus propias conclusiones. No somos jueces. Debemos respeto al lector, a su inteligencia y sensibilidad, y la mejor manera de hacerlo es desplegar el escenario y que él decida”, resume Winston Manrique el pensamiento periodístico del Nobel.
Su huella, en toda América
Durante los últimos años se quejaba de la mala calidad del periodismo escrito, al que acusaba de apresuramiento y falto de calidad, lo que le hacía “sufrir como un perro” al leer los diarios por la mañana. Para él, el periodismo es -decía- el mejor oficio del mundo, “una vaina que uno lleva por dentro”. Gabo se consolaba suponiendo que “muchas de las transgresiones éticas y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy no son siempre por inmoralidad, sino también por falta de dominio profesional”. Y es que las facultades enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo. Su amor al periodismo le llevó a poner en marcha, en 1994, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, con sede principal en Cartagena de Indias y cuyo fin es el aprendizaje del periodismo y sus nuevas tendencias en un mundo en cambio. Políticamente contracorriente, independiente e incómodo para el poder establecido, anticomunista militante pese a su amistad con Fidel Castro, Gabo estaba comprometido con el socialismo, que consideraba “la mejor opción política para América Latina”; pero también mantenía buenas relaciones con la derecha política y hasta llegó a mediar en distintos conflictos iberoamericanos. Trabajó para agencias de prensa y publicidad, periódicos, emisoras de radio, y revistas de más de medio continente americano, sobre todo Estados Unidos y Méjico, y ejerció el periodismo como enviado especial en el Reino Unido, Francia, Italia, Polonia y Hungría. También vivió unos años en Barcelona. A la vieja Europa llegó como corresponsal cuando el diario colombiano en el que prestaba sus servicios empezó a ser perseguido por el gobierno militar de Colombia, con el que era muy crítico. Esta biblia viviente del buen periodismo nos deja un magnífico legado del mejor ejercicio profesional. Con el ejemplo de su huella imborrable, ojalá los periodistas seamos capaces de mejorar nuestro trabajo y ser más precisos, rigurosos y creíbles.