X
conjeturas > Juan Manuel Bethencourt

Cameron, o la banalidad – Por Juan Manuel Bethencourt

   

Ha sido muy comentada la reciente estancia del primer ministro británico, David Cameron, en una casa rural lanzaroteña durante la pasada Semana Santa. Desde el punto de vista de la promoción turística de la isla de los volcanes en un mercado tan relevante como el del Reino Unido, sin duda se trata de una gran noticia. Lanzarote acumula, además, unos meses recientes con cifras récord en la llegada de visitantes foráneos, así que la presencia de un ilustre internacional supone un incentivo más a sumar en el círculo virtuoso que marca la coyuntura presente. Pero, claro está, Cameron no ha venido a Canarias para promocionar Lanzarote, sino para promocionarse a sí mismo.

Y tiene razones para ello, porque hay elecciones generales el año próximo y su posición política es complicada. A la incertidumbre por la convocatoria del referéndum de independencia en Escocia, una audaz concesión que la vieja guardia del Partido Conservador no ve con buenos ojos, se unen los problemas derivados de la crisis económica y la sangría por la derecha que supone el crecimiento de los euroescépticos. La estrategia de Cameron, desde su acceso al poder interno en su partido, pasa por divulgar por encima de todo su normalidad: un hombre de mediana edad, de carácter hogareño, formado en Oxford con la clara pretensión de prosperar en política. Su currículo profesional es endeble, siete años como director de comunicación de un pequeño canal de televisión, algo así como una estación intermedia pero necesaria para su desembarco pleno en el servicio público. Acorde con ese perfil, el discurso mediático de David Cameron fomenta esa clase de imágenes, de vacaciones con la familia o dedicado a las tareas domésticas, sacando la basura o fregando los platos. La idea principal, con indudable gancho, es que cualquiera puede ser primer ministro británico, lo cual, por otro lado, es cierto, y nadie mejor que Cameron para dar fe de ello. Los tiempos de Churchill y otros líderes de verbo rotundo y ego gigantesco quedaron atrás, porque en tiempos de relativa normalidad los votantes agradecen que se les piropee mediante la imitación permanente de su acontecer doméstico en tono elogioso. De paso, con estratagemas de esta naturaleza -porque hablamos de imitar, no de emular- se oculta la más que evidente vaciedad de Cameron a la hora de proponer ideas útiles para el Reino Unido, tan obvia como equiparable a la ausencia de convicciones que muestra el presidente francés François Hollande, un verdadero artista del zigzagueo derivado de los sondeos de opinión. Los tiempos de la política líquida, pues, fomentan la normalidad, pero también la impostura. Líderes austeros, y auténticos, como Atlee, De Gasperi o Palme ya no quedan Europa. Ni están ni se les espera.

www.juanmanuelbethencourt.com
@JMBethencour