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Canonización de dos papas antagónicos

   
Todo está preparado en Ciudad del Vaticano para la ceremonia. / O.A.

Todo está preparado en Ciudad del Vaticano para la ceremonia. / O.A.

OLGA ÁLVAREZ | Roma

Todo está dispuesto en Roma para la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II. Roma está literalmente colapsada: coches, autobuses, trenes… gente, gente, gente que parece perdida entre ella misma. Es como una marabunta que te empuja hacia algún lugar que tú no has elegido. Finalmente te encuentras en alguna parte llena de curas y monjas, de peregrinos estupefactos ante la multitud. Se espera, se nos dice a los periodistas, un millón de personas. Uno se pregunta dónde cabe tanta gente. El domingo de Pascua, había 150.000 personas en la plaza de San Pedro y no cabía un alfiler más…Ingenuamente, han puesto detrás de la impresionante y bellísima columnata de Bernini que rodea la plaza, entre la columna de delante y la de atrás, más de cincuenta urinarios portátiles para quien llegue primero, porque eso no da para nada.

En realidad, toda Roma está llena de ellos pero tan lejos de la plaza no sirven. Todo es tan caro en Roma que ves a toda clase de personas comprarse una pizza y un helado- monjitas incluidas- y sentados en cualquier escalinata de la calle o en el mismísimo pretil de la acera, comer y descansar sin tener que gastar más de la cuenta.

Hoy es un día muy especial y los romanos lo saben. Esta no es una canonización cualquiera. Por eso aguantan todo lo que venga. Por eso, y porque es una mina de oro. Todo el mundo compra en esa especie de enorme mercado en que se ha convertido Ciudad del Vaticano. Todo son tiendas de mayor o menor calidad, pero tiendas que venden de todo. Naturalmente siempre son recuerdos, cosas referidas a la iglesia, a los distintos papas; a las distintas vírgenes. Y de los papas, concretamente de Juan Pablo II y del papa Francisco. También algunas de Benedicto XVI…Sí, de esos papas hay de todo: libros, películas, llaveros, bolsas de viaje, pañuelos, rosarios sueltos, de mala calidad, intermedia y buena; metidos en cajas, feas y bonitas, medallas caras y baratas según donde compres. Todo lo imaginable se vende a las puertas de la basílica de san Pedro, en el centro mismo de la cristiandad sin que aparentemente nadie levante una ceja… Un escándalo, sí. Un verdadero escándalo para la Iglesia Católica que tiene un buen porcentaje, los royalties, de todo lo que se vende tanto en Ciudad del Vaticano como por toda Roma, siempre y cuando sea referido a asuntos “de ella”.

Pero por mucho escándalo que sea para los que lo presenciamos, creyentes o agnósticos, este negocio de dimensiones poco vistas fuera de aquí, nada resulta más escandaloso e indignante que el silencio casi absoluto que cae sobre Juan XXIII. Es como si no existiera, como si no hubiera existido, como si no fuera a ser canonizado hoy. El gran papa del siglo XX, el gran renovador de la Iglesia, el que apoyó sin fisuras la Teología de la Liberación, el que llevó la doctrina de Jesús de Nazaret hasta sus últimas consecuencias acercándose a los pobres y hambrientos del mundo… ese Papa, digo, es como si nada tuviera que ver con el día de hoy. Solo el papa Francisco ha exigido un trato igual para los dos. Pero no se cumple. Juan XXIII, su recuerdo, no existe casi por ninguna parte.

Naturalmente que será canonizado por el Papa Francisco (por auténtica imposición de él). Pero por usar un lenguaje de ahora, Juan XXIII da un perfil muy bajo, vaya usted a saber porqué, para el resto de la Curia y de muchísimos llamados católicos. Lo que hay de él, que es muy poco, ha sido ordenado por Jorge Mario Bergoglio que para eso es el que manda. Pero cuando he ido a algunas tiendas a comprobarlo, dicen con rostro extrañado: “¿De Juan XXIII?”. Solo les falta decirme ¡a quién se le ocurre! Hay pequeñas cosas guardadas dentro de los almacenes, porque los “fenicios” que ocupan este inmenso mercado en la plaza de San Pedro siempre fueron precavidos. Por eso son ricos.

Un auténtico escándalo, digo y repito. Juan XXIII, aquel papa nacido en Bérgamo, gordito y sonriente conocido por “el papa bueno”, qué ya es decir de un papa…, tal vez sonreiría esta tarde. Tal vez triste viendo que el papa “compañero de canonización” es precisamente es el que destruyó de un plumazo todo lo que él había hecho. Y en fin,es tan grande el gentío que si Roma entera está preocupada, mucho más lo está Ciudad del Vaticano. Los periodistas estamos avisados por los Servicios de Prensa: tenemos sitio en su balconada sobre la plaza de San Pedro, para lo cual hay que ir tres horas antes si quieres tener sitio, y, naturalmente, y como siempre, podemos utilizar toda la técnica puesta a disposición para unas 300 personas en el Centro Media del Vaticano. Para comer allí incluso tenemos una especie de cafetería, muy barata, que no está nada mal.