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Carmen Muruve – Por Luis Ortega

   

Existen convenciones perversas en el lenguaje plástico que es preciso desmentir o, cuando menos, cuestionar. Carmen Muruve -como los buenos paisajistas- nos pone en esa tesitura cuando se gana, por sabiduría técnica y humanidad, los calificativos de intimistas para sus variadas y hermosas visiones urbanas. Así que, de una vez por todas, liberemos de la cárcel de interiores con figuras y naturalezas muertas el adjetivo y, por encima del motivo, reconozcamos que la intimidad -como cualquier sentimiento- radica en la mirada. Esta es la primera impresión que su selecta serie nos inspira y que, de modo consecuente, descubrimos también en el conjunto de su creación, desde la etapa estudiantil hasta la firme y delicada -no hay contradicción en los adjetivos- obra actual. En esta late un propósito transformador para mejorar la realidad, o embellecer el modelo, que es lo que justifica la trampa noble del arte; y, a la vez, perpetuar valores vigentes desde el nacimiento de un estilo o género, frente a la petulancia de los que, sin otro título que la osadía, se sienten pioneros o inventores de una intención o hechura. Docente y creadora por libre, con un magistral dominio del dibujo y una sutileza insólita en el color, en todas las técnicas y soportes, con legítimo orgullo, Carmen Muruve es heredera del idealismo de los paisajes esbozados en Grecia y Roma y en la humildad de los manuscritos miniados del Medievo, de las escenografías renacentistas y, sobre todos esos legados, de las invenciones magnificadas de los documentalistas italianos y de la Escuela de Delft, a la que Egbert van der Poel, doctoró en la excelencia del barroco. También, porque vive en hora, defiende su pintura como una herramienta de cambio urbano y social, a través de composiciones fragmentadas que enriquecen una construcción o hacen de alguno de sus elementos protagonistas plásticos del máximo nivel. Y va de las densas agrupaciones de hormigón, tamizadas por gamas de impar finura, a las modestas agrupaciones rurales que aportan un concepto renovado de la elegancia. La Urbana que nos presenta en Santa Cruz plantea un diálogo entre todos los espacios que la arquitectura
-técnica, especulativa, modesta, espontánea- creó y limitó para el hombre y, sin tentación dogmática, pero sí con una activa conciencia, hace fluir el aire entre las colmenas de cemento y los recuerdos en los lugares humildes que, cada vez con más rapidez y tristeza, pasan de la realidad a la memoria.