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La carrera de Esperanza – Por Fermín Bocos

   

Haciendo bueno el consejo de Orwell -la tarea de un periodista decente es restablecer lo obvio-, habría que decir que al dejar plantado al agente de movilidad que le estaba multando y darse posteriormente a la fuga es probable que Esperanza Aguirre haya dado al traste con las expectativas políticas que alimentaban el alto grado de aceptación que reflejaban las encuestas. Quien ha sido ministra, presidenta del Senado y de la comunidad madrileña y sigue siendo presidenta del PP en la capital, está obligada a ser una ciudadana ejemplar. El incidente ha venido a poner de relieve que un mal momento lo puede tener cualquiera pero también que no se puede ir sobrado por la vida. El carácter es el destino. En el caso que nos ocupa lo bueno de Aguirre -su espontaneidad, su campechanía, la franqueza a la hora de expresarse- tiene una contrapartida: le gusta confrontar, tiene un despeje muy madrileño tirando a chulesco que conocen bien quienes han seguido los debates de la Asamblea de Madrid. Aguirre metió la pata al estacionar donde no debía y reconoció el error. Pero después le faltó paciencia y templanza. Paciencia para dar tiempo a que el agente cumplimentara los trámites que apareja la sanción y templanza para aceptar la habitual homilía post multa. La bronca. Por eso se dio a la fuga. Por eso y -según su decir- porque interpretó que la premiosidad del agente cobijaba un afán oculto: conseguir la foto. Esperanza Aguirre cazada en plena Gran Vía infringiendo las normas de tráfico. Parece que también ahí erró pues lo normal en estos casos es que el conductor espere hasta cumplimentar todos los pasos de la denuncia para aceptar y firmar o rechazar la sanción. Aguirre salió de najas y para más inri tumbó la moto del agente. La posterior persecución hasta su domicilio completa el retablo de despropósitos. Le honra que haya pedido perdón, pero el tono utilizado en algunas de las declaraciones sugiere que no ha comprendido la trascendencia potencial de lo ocurrido. Al estar sometido al escrutinio de los ciudadanos, un político tiene que aceptar que su conducta debe ser irreprochable. En cualquier circunstancia. Es probable que algo tan tonto y cotidiano como la prisa que desencadenó el incidente se convierta en el principio del fin de sus aspiraciones a la alcaldía de Madrid. La ironía del caso es que el incidente tuvo lugar en el centro de la capital, junto al edificio donde tiene su sede el PSOE de Madrid. Sirvió, pues, en bandeja, el punto y el set. Habrá que ver qué pasa con el partido.