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Castas – Por José Miguel González Hernández

   

A principios del siglo XXI, la pobreza extrema disminuía y se incrementaba la moderada. Es decir, la población se agolpaba por debajo queriendo subir, pero muy pocas personas bajaban de escalafón. Es cierto que la inserción laboral no garantizaba la social plena, pero existía un mayor abanico de posibilidades. Parecía que se había alcanzado una vía de único sentido en la que todo era bueno. Pero el futuro fue incierto, aunque probabilísticamente interpretable.

En la actualidad, muchos estratos sociales se han abierto por el suelo y, personas que aparentemente vivían acomodadas, pero con unidades crediticias no aptas para bajas tasas de crecimiento económico, se han visto envueltas en pesadillas sólo dignas de películas visionadas en una tarde de domingo.
No aportamos nada nuevo si decimos que la forma de acceder a determinados estatus sociales depende, en mayor medida, de las condiciones de partida en la que nos encontramos. El nivel económico y académico de la descendencia depende fuertemente del entorno familiar que lo procura, y salir de ese ciclo es complicado.
Mucho esfuerzo, trabajo y dedicación se muestran como una plausible fórmula para doblarle el brazo a los acontecimientos.
No obstante, está claro que el entorno más allá de la puerta del hogar también condiciona y mucho. No es lo mismo crecer en una zona con posibilidades de crecimiento y desarrollo que en otra en donde hay que sacar agua de las piedras.

Así y todo, la sociedad está dividida en castas que se reproducen y que terminan por conformar un organismo vivo que fagocita lo que cree que son los desechos, con la finalidad de mantener un supuesto orden.

Dicho orden se blinda a través de las estructuras institucionales, aunque aprovecha los resquicios que te permiten actuar en situaciones paralelas, teniendo como objetivo escapar del propio sistema que se sostiene. Por ejemplo, cuando en el mes de diciembre las páginas de la prensa especializada se llenan de artículos que toman como bandera el titular Cómo pagar menos IRPF, son totalmente lícitos y legales, pero desde la perspectiva moral la cosa no está tan clara.

Otro ejemplo lo vemos igual de claro cuando hablamos de los paraísos fiscales, al ser territorios de baja intensidad fiscal para no residentes, por utilizar un lenguaje poético. Patriótico no parece que se sea cuando se acude a esta posibilidad. Pero aún hay más si tenemos en cuenta la opacidad existente en el tratamiento de la información. Y es que, cuando algo se oculta, o tienes mucha vergüenza, o no tienes ninguna.

Por otro lado, se vende la idea de que cumplir con nuestras obligaciones tributarias no es bueno. Y se podría hasta llegar a justificar dicha reflexión si pensamos que el pago de los tributos va a sufragar comportamientos más propios de mamarrachos que de personas llenas de honestidad. Pero ¿se puede salir de ese esquema? O bien desde dentro, utilizando las mismas armas que el propio sistema te ofrece, provocando un cortocircuito que haga que todos sus fusibles se quemen, o bien golpeando desde fuera, borrando los esquemas que nos han tatuado.
Lo cierto es que la crisis podía conformarse como una oportunidad en el sentido de que se tornaba como una esperanza para desenmascarar el engaño y la corrupción, debido a que son dos grandes pilares que han condicionado y provocado lo que actualmente estamos experimentando y, en lugar de suceder eso, resulta que se han fabricado estructuras que la tapan aún más, a través de la disculpa anónima y el ahorcamiento público de algún que otro chivo expiatorio.

Ni la culpa ni la responsabilidad existe. Sólo la justificación. El problema adicional surge cuando ésta se basa en argumentos inverosímiles que sólo un procedimiento de mutilación mental permite tenerlos en cuenta y da la sensación que se están mofando en nuestra propia cara. Y ahora mismo, la verdad, el cuerpo no está para muchas tonterías.

*ECONOMISTA