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Devoción y emoción ante el papa y el apóstol brasileño

   
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FOTOS OLGA ÁLVAREZ

OLGA ÁLVAREZ | Ciudad del Vaticano

Cuando Jorge Mario Bergoglio, siendo arzobispo de Buenos Aires, aceptó ser papa, eligió el nombre de Francisco en recuerdo de alguien que él admiraba mucho: san Francisco de Asís. Pues hoy, esta tarde (ayer para los lectores), viéndolo sin casi levantar la cabeza en toda la hermosa ceremonia en honor de nuestro paisano san José de Anchieta, recordaba yo una frase de Francisco de Asís: “Si poseo, seré poseído”. Así es, si poseemos seremos poseído por aquello que poseemos; y si poseemos mucho seremos muy poseídos. O sea, la dedicación a las cosas que tenemos nos impedirá hacer otras cosas; hacer lo que de verdad querríamos.

El papa apenas levantó la cabeza un par de veces durante toda la misa: para hablar en la homilía y en algún rezo que le correspondía a él. El resto de la ceremonia- preciosa ceremonia, insisto- se la pasó el papa Francisco con la cabeza inclinada hacia el suelo. Daba la sensación de estar muy triste, angustiado, profundamente preocupado. Y no es para menos. El miércoles, en su discurso, hablaba en ocasiones levantado la voz furioso. Sí, se enfadaba cuando hablaba de la situación de los pobres del mundo y de que los ricos no hacen nada por ellos… Levantaba la voz profundamente alterado. Cualquiera entiende la situación, pero al verlo hoy tan triste pensé en lo que dijo Francisco de Asís: “Si poseo, seré poseído”. Pues eso.

La ceremonia en honor a san José de Anchieta, organizada por la Iglesia brasileña fue impecable. Estéticamente una belleza. Eso debería ser poco importante en una misa pero no lo es. La belleza posee un poder de atracción y bienestar indudable.

Una gran cantidad de gente esperaba en la calle al papa. Una costumbre muy romana por más que estén hartos de ver a los distintos pontífices que van pasando por delante de ellos. Pero aquella gran cantidad de gente estaba porque eran invitados a la ceremonia. A ver, eran invitados por la Iglesia brasileña. Y, efectivamente, fue muchísima gente, la mayoría de Brasil, desde su vicepresidente de la república hasta la última monja y cura, cientos de ellos y ellas, que habían llegado del otro lado del Atlántico para participar del reconocimiento a san José de Anchieta (a quien adoran) que le hacía la Iglesia Católica al gran defensor de los pobres que fue nuestro paisano. De resto, todo hay que decirlo, ni los italianos, ni los españoles y, en un descuido, ni muchos canarios también se han detenido un minuto en él. Pero Brasil entero le ha reconocido desde hace tiempo su extraordinaria labor con su agradecimiento eterno.

Hoy, esta tarde, se vio en todos los que llegaron de Brasil y los que estaban aquí. Si en la iglesia cabían mil, novecientos y pico eran brasileños (Ana Oramas, dixit). Como a los periodistas, que seguimos siendo la canallesca de aquellos ministros de Franco, pero ahora en democracia, nos dejan siempre para el final, nos gozamos, sobre todo yo, que estaba en alto y en primera fila, las historias que allí, en la cola, ocurrieron. Demasiadas para contarla aquí. Pero algunas, sí.

Curas, muchos curas. Y monjas, muchísimas monjas que casi se levantan en nombre de la igualdad: “¿Por qué pasan ellos primero?” Preguntaban bien alto. “Ellos” eran los curas. Ellas llevaban más tiempo allí en la cola y, sin embargo, pasaban delante… Bien está que lo hicieran los obispos y arzobispos y etcétera, vestidos con sus trajes y capas fucsias y sombreros con borla caída por una lado, pero que también pasaran delante de ellas los curas rasos eso les molestaba mucho. La emoción por llegar al fin a la puerta con la que estaban soñando desde que estaban en Sao Paulo logró emocionarme a mí que lo presenciaba de cerca. “¡Llegamos a la puerta!”, le decían por el móvil a otras compañeras. Y hechas un mar de lágrimas se abrazaban; lo habían conseguido. Se volvían, antes de entrar, hacia las otras aún en la cola y las saludaban como si hubieran logrado subir al Aconcagua. Sí, era conmovedor. Por cierto, que esas monjas, a juzgar por lo que presentaba una tienda que estaba por el barrio de la iglesia de San Ignacio, están muy desfasadas en cuanto a la ropa. Esa tienda tiene todo el vestuario de monjas y curas puesto a la última moda. Y algunos abrigos, sobre todo, chaquetas y una capa eran preciosos. La única ropa que vi igual era la de los papas que, vista de cerca, es una preciosidad, pero carísima y no digamos los anillos papales. Me quedé un rato extasiada viendo esos ropajes de curas y monjas ricos.

Unos minutos antes de que el papa diera por terminada la ceremonia, ya habíamos salido corriendo, todos a una, los periodistas. Si esperamos a que salga aquella cantidad de gente hubiéramos salido una hora después y teníamos que mandar nuestra crónica a toda velocidad. Entre nosotros, los periodistas, habíamos estado en cualquier caso antipatiquitos como es costumbre en esta profesión tan preciosa. “La silla para montarme para hacer fotos es mía y no se la voy a prestar a nadie”, decía uno. Otro: “Yo llegué aquí primero y no me voy a mover…”. Y así caí en una trampa. Una chica joven española me dice: “¿Quieres que sea tu ayudante?” “No, gracias”, le contesté. Pero me dio tanto la lata que le dije que ella cargaría una parte de las cámaras. Creí que se trataba de una casi periodista que estaba loca por la profesión y, como eso siempre me recuerda a mí misma, cedí. Pero finalizada la ceremonia, cuando todos ya todos éramos encantadores, al despedirnos le dije: “¿Te gusta mucho el periodismo, ¿eh?”. “Ah, no”, me dijo, “lo que yo quería es estar tan cerca del papa como he estado esta tarde. Seguro que no me pasará nunca más”.
En fin, que José de Anchieta ya ha recibido su magnífico homenaje para celebrar su santidad. Por cierto, que la misa fue concelebrada por catorce obispos; uno de ellos era el de la Diócesis Nivariense. O sea, el de Tenerife, La Palma, La Gomera y el Hierro.

No tengo más espacio para escribir del enorme mercado en que se ha convertido toda Ciudad del Vaticano. Pero merece un espacio más amplio que el que me queda hoy.