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Dos santos papas

   
Un obispo mira un periódico local en el que se glosan las figuras de Juan XXIII y Juan Pablo II | REUTERS

Un obispo mira un periódico local en el que se glosan las figuras de Juan XXIII y Juan Pablo II | REUTERS

OLGA ÁLVAREZ | Ciudad del Vaticano

La ceremonia empezaba a las diez de la mañana. A las siete ya muchísima gente habíamos cogido el autobús 40 cuya última parada es la Plaza de San Pedro. Todo estaba en orden hasta que llegamos donde está ese monumento horroroso al primer rey de Italia, Víctor Manuel II, hecho en mármol blanco y que es como una tarta cubierta toda de nata; o sea, un pastiche para lo que es Roma; una vulgaridad en medio de tanto arte de tantos siglos. Se nos dice entonces que hasta allí podíamos llegar en autobús. Ahora tocaba caminar otro tanto hasta san Pedro.
Como si fuéramos un ejército -se notaba que aún estábamos descansados- en un extraño silencio todos cogimos nuestros bártulos y reemprendimos ligeritos el viaje, ahora caminando. Mucho antes de llegar al sitio se nos dice que no se puede llegar hasta la Plaza de San Pedro sino hasta allí. Y, en efecto, empezamos a ver a muchísima gente que caminaba en sentido contrario: era imposible entrar porque la plaza estaba totalmente abarrotada, desbordada. No sé que hicieron los demás pero yo continúo porque tenía que haber llegado a la sala de prensa del Vaticano desde hacía casi una hora, y ya había aprendido a entrar por otro sitio diferente, no necesitaba entrar en la Plaza de San Pedro.

La gente era tantísima por todas partes que ya empecé a dudar seriamente si llegaría hasta allí. Cientos de miles de peregrinos -unas 800.000 personas se calcula- venidos de todas partes del mundo atravesaban Roma en aquel momento, me hacían dudar de si estaría antes de las diez de la mañana, hora en que empezaba la ceremonia que debía hacer santos a Juan XXIII y a Juan Pablo II. Y no, no era una hora ficticia de esas que se acostumbra en España: a las 10 en punto comenzó la ceremonia. Había logrado llegar en hora pero literalmente agotada de cargar con las cámaras a paso ligero en unas calles que, como la mayoría en Roma son de adoquines “levantados” es un martirio. Pero Roma es así: maravillosa pero bastante incómoda para caminar. Y aparentemente sucia. No hay un solo papel en el suelo pero la mayoría de las paredes están sin limpiar y sin una mano de pintura desde hace muchos años. Es comprensible el dineral que cuesta mantener limpia las ciudades tan antiguas y tan viejas, es verdad. Pero algo tienen que hacer para arreglar esa cosa oscura -que es basura- que tienen casi todas las paredes de Roma de casas magníficas, preciosas pero demasiado oscuras…

Pero por otra parte, acostumbrados como están a organizar actos religiosos de muchísima gente, desde la noche anterior ya todo estaba preparado y en marcha: los 5 millones de botellas de agua se empezaron a regalar a los peregrinos y a todo el que pasaba por delante desde anoche; las fuerzas del orden además de estar reforzados con 24 grupos de policías más, han realizado 12.000 horas extras desde la segunda mitad de abril hasta ayer.

Han habido también 630 voluntarios para ayudar en lo que fuera; y para hoy (ayer para los lectores) habían instalados 13 puntos de medicina avanzada, 5 puntos médicos de reanimación, 42 medios de socorro avanzado, 64 medios de socorro base, 81 equipos de socorristas, 5 puntos de lactancia, 2 de coches de coordinación, 4 coches médicos y 3 unidades de crisis. En lo que al sector de limpieza se refiere, fueron 200 los trabajadores, con la ayuda de unos 300 medios (camiones, compactadoras, coches taller, barriles con gasolina para repostar…) dedicados exclusivamente al acontecimiento. Los hospitales estaban ayer en alerta con su personal por si ocurría algo de gravedad. Toda la policía municipal en la calle y todo el personal de autobuses y trenes también en su lugar de trabajo…En fin, una muy buena organización que les ha hecho gastar, sí; pero han ganado muchísimo más de lo que han gastado. De modo que las canonizaciones, además de su valor religioso que yo no discuto ni voy a hablar ahora de eso, son una fuente de entrada de euros en Roma y en el Vaticano que ya lo quisiera cualquier país para sí.

De la belleza, de la estética de la ceremonia religiosa empezaría a hablar y no pararía pero eso estuvo al alcance de todos a través de la televisión. No necesitan más. Con dos palabras basta: una preciosidad. Me acordé de aquella película de Visconti en la que había un pase de modelos de sotanas y casullas para los cardenales…