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No en mi nombre – Por Jorge Bethencourt

   

Antes uno era canario, como diría Cánovas, cuando no podía ser otra cosa. En el siglo XVI lo de vivir aquí era como estar en las nalgas de Europa y el que podía salía por patas a las primeras de cambio. A los 14 años, José de Anchieta (1534-1597) se mandó a mudar de Canarias y desarrolló toda su vida fuera de aquí. Fue un destacado lingüista, literato, médico, arquitecto, ingeniero y (discreto) poeta. Además, es el padre de la literatura brasileña y está considerado el apóstol de Brasil. Pero su dimensión pública más relevante en nuestros días no es la de un hombre de conocimiento.

Es noticia por haber sido canonizado, que es una cosa espiritual y trascendente. Sin embargo, el asunto y el trasunto es que lo inmaterial se vuelve patrimonial. Y la vida del más allá empieza a jeringar la vida del más acá. Los que creen en la existencia de un cielo y un infierno después de la muerte física (el purgatorio entró en suspensión de pagos) han creado una organización bastante terrenal. Ese culto ha organizado el reconocimiento a la figura del fundador de San Paulo al que consideran un santo. Que las autoridades canarias hayan ido a la canonización de Anchieta parece normal, siendo que es muy raro. Cuando el Vaticano considera santo a alguien es relevante en el ámbito de las creencias de esa confesión religiosa. Pero nuestras instituciones son piezas de un Estado aconfesional. Díganme ustedes qué pintan entonces los representantes de las islas en un acto de ámbito religioso católico.

Aceptamos los funerales de estado católicos, la presencia de símbolos religiosos en la toma de posesión de ministros o altos cargos, las procesiones y, en general, la influencia y el peso innegable del catolicismo en nuestra sociedad. Lo respetamos y lo toleramos quienes, siendo miembros de esa sociedad, no tenemos ninguna creencia religiosa. Pero a veces se confunde el trasero con las témporas y los que nos representan a todos van a un acto donde no nos representan a todos.

Por otra parte, Anchieta nació en La Laguna, pero se piró para hacer toda su vida en Brasil. Sinceramente, me parecen más laguneros los patos de la catedral. Pero, bueno, aquí con tal de salir en la foto nos apuntamos a un bombardeo.