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Eppur si muove – Por Jorge Bethencourt

   

Madrid calla. Cataluña se mueve. Los políticos intentan encerrar en frases lapidarias una realidad tan compleja que no se deja encerrar ni por las palabras. Madrid no es Rajoy. Ni Castilla el PP. Ni Cataluña los que quieren tirar el lastre de una España incompetente. Pero así son las cosas. Una ola de romanticismo nacionalista recorre Escocia, Cataluña o Quebec (dos referéndums perdidos por los independentistas en sólo treinta años). Los catalanes quieren ser Estado. Ya tienen bandera, lengua, policía y administración propia. Pero quieren todos los ropajes del estado, incluidos los de la justicia, el ejército y los embajadores. Citan a Robinson Crusoe (“la verdadera grandeza de una vida consiste en llegar a ser dueño de uno mismo”) cuando en realidad están citando a Daniel Defoe. Confunden al personaje con el creador. Será que la pasión produce ceguera literaria. Pero han paseado por el Congreso la bandera de la independencia. Como antes. Como ayer. Como en aquella República que se ahogó entre los gritos de todos los que tenían razón. Hasta a Azaña le sacaron de la tumba para que volviera a hablar de Cataluña por boca de un ganso de cuyo nombre no logro acordarme. “La partida de verdad no se está jugando aquí”, le dijeron a los que defienden a la vieja Constitución del 78.

El Congreso sólo es más publicidad. Una campana de resonancia para la gran batalla. Cataluña quiere desprenderse de una España de charnegos subvencionados. Es la España de las dos velocidades. La Europa de los ricos del norte y los pobres del sur. Como se trata de un spot político, los catalanes hablaron en inglés en la tribuna del Congreso. Freedom for Catalonia. Para que las televisiones extranjeras no tengan que hacer el doblaje. Cataluña se sigue poniendo en el mapa mientras el Gobierno espera con la fuerza de la ley y del ejército. Eso les dijeron los independentistas vascos (qué imbéciles deben sentirse; tanta sangre y tanta muerte para ver cómo los catalanes te dejan con el culo al aire) que se han apuntado rápidamente a la cola de los certificados de secesión para después de los catalanes. “Yo no he cerrado ninguna puerta porque no había ninguna puerta abierta”, dijo el ingenioso hidalgo Rajoy, lanza en astillero, adarga antigua, desde el banco azul. Madrid espera. Cataluña se mueve. Otra vez la España invertebrada. La jodimos.