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La excepción francesa – Por Juan Manuel Bethencourt

   

Un barcelonés, Manuel Valls, y una gaditana, Anne (Ana) Hidalgo, acuden al rescate del socialismo francés tras la debacle de las pasadas elecciones municipales. Debe ser este el nuevo modo a través del cual la república hexagonal exhibe su condición peculiar en el continente europeo. Hay que felicitarse por ello, sobre todo si uno cree que no importa tanto de dónde vienes sino lo que quieres para el futuro y el talento que tienes para desarrollarlo. Sin duda esa tragedia nacional española llamada Guerra Civil ha deparado fértiles resultados al vecino del norte de los Pirineos, tanto en el ámbito de las artes (Picasso) como de las letras (Semprún), incluso del fútbol (aquella legión de hijos de emigrantes apellidados Fernández, Pérez, Bravo, Amorós) y ahora de la política. Hidalgo es la nueva alcaldesa de París y Valls acaba de ser designado primer ministro, aunque ya ocupaba un papel predominante (y además muy polémico) en el Gobierno del presidente Hollande al desempeñar la cartera de Interior. Antes, Valls fue también alcalde, en este caso de Evry, una localidad de 50.000 habitantes muy cercana a la propia capital. Es que la condición de alcalde, en Francia, tiene mucho peso, además por esa peculiaridad que permite compatibilizar un cargo local con la cartera ministerial. Por eso estas elecciones del pasado domingo suponen un test de mitad de mandato en toda regla, con resultados inquietantes para el socialismo francés en general y para François Hollande en particular. Por varios motivos. El primero, que la izquierda se desangra entre renuncias al programa electoral propio y divergencias internas. El segundo, que, por el sagrado principio físico-político de los vasos comunicantes, la debilidad socialista es vitamina pura para la derecha, resucitada de repente tras dos años de escarnio; de hecho asoma ya como candidato presidencial muy viable otro alcalde, el ignífugo Alain Juppé, 68 años, regidor de la magnífica Burdeos. En última instancia, la evidencia de que una parte del antiguo voto obrero se desplaza hacia la extrema derecha xenófoba y reaccionaria que lidera la exultante Marine Le Pen, ganadora moral de estos comicios. Frente a todo ello, Hollande sólo puede oponer la imagen pujante de Valls, que es una especie de Sarkozy de izquierdas, un inmigrante particularmente agresivo con los nuevos inmigrantes, por extraño que pueda parecer. En eso hay que decir que ambos dirigentes de origen español se parecen bien poco: donde Valls predica mano dura Anne Hidalgo practica tolerancia, para empezar, porque en la cosmopolita París se lo puede permitir; es más, se lo exige un electorado mayoritariamente progresista. En manos de estas dos figuras parecidas y antitéticas queda el futuro del socialismo vecino. Esto merecería una película. Francesa, claro.