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Fernando Fernández – Por Luis Ortega

   

Mientras un colega me asegura desde Madrid la compra del último libro de Pilar Urbano -siempre “autora de parte” y, ahora, “sincera por razón de edad”- que, según avanzó la prensa, es una carga de profundidad contra el crédito real y de otros nombres relevantes, evoco la reacción de mi paisano Fernando Fernández ante la muerte de Suárez. Con su habitual desparpajo, el segundo presidente isleño, y el único que osó afrontar una moción de confianza, arremetió contra el creciente coro plañidero y “los presuntos amigos del político que mejor nos comprendió y se preocupó día y noche por los problemas canarios”. En las graves exequias – sumada la caduca paradoja y provocación de Rouco en La Almudena- lo mejor, por su naturalidad, fue el comportamiento familiar -que, ojalá no se nuble por una anacrónica concesión de nobleza- y el duelo del pueblo llano por el estadista que trajo la democracia a un país sin libertades ni esperanzas. Con hormigas de prisa en el estómago, aguardo La gran desmemoria y evalúo las declaraciones del brillante neurólogo que, durante unos años, aparcó su profesión para asumir tareas públicas, y las confesiones de otro amigo, el lagunero Alfonso Soriano y Benítez de Lugo, a quien me gusta llamar “liberal doceañista” porque, en horas pícaras, encarna viejos y necesarios valores. “La mayoría de diputados y senadores de UCD tratamos a Suárez de mala manera y yo me arrepiento de haber formado parte activa de ese sector crítico, porque fui usado por no sé qué intereses bastardos”. Con inusual valentía, describió las conspiraciones y envidias y, con su público arrepentimiento, dejó una ajustada definición de aquel abulense que pasó de la aclamación a la soledad, pese a tratarse de “un hombre de estado fundamental, honrado, jamás acusado de corrupto y con una extraordinaria habilidad para sacar adelante la reforma política”. En tertulias con los paisanos mentados, más Carlos Bencomo (que mantuvo el CDS hasta la última hora) y es un ejemplo de lealtad, con Juan del Castillo, liberal crítico y mordaz adjetivador, y el sabio y cordial profesor Manolo Morón, entre otros, comentamos la necesidad del memorial del estadista que nos dejó hace unos días. La Urbano, con su deber religioso, “que la obliga a la verdad”, si bien de modo parcial, parece que lo ha hecho, y ha cosechado ya ácidas críticas. Esperamos, pues, despejar dudas, confirmar rumores, disipar fábulas, y ver a cada actor en su verdadero papel y lugar en el drama de la historia cercana. Aunque sólo sea por salud democrática y justicia moral.