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Fronteras – Por Jorge Bethencourt

   

Los territorios fronterizos son conflictivos. Y de entre todas las fronteras, la más tenue, tal vez, es la que separa el terreno de los bienintencionados del fecundo y frondoso bosque de la estupidez.
En Internet puede encontrarse el vídeo de una concejala del PSOE de un ayuntamiento malagueño en el que pesca fumando en el salón de plenos al impresentable de su alcalde. La concejala le increpa -se escucha en el vídeo- y le exige que deje de fumar en un espacio público. Y el alcalde le contesta con ladridos de perro. Impresentable, claro. Y ridículo. Pero luego la televisión entrevista a la concejala que alega que la conducta del alcalde se puede considerar maltrato sicológico. Lo cual que es tan ridículo como ladrar pero sin ladridos.

A la gente se le está yendo la olla y confunde el culo con las témporas. Tanto como una asociación de familiares de enfermos mentales que ha denunciado a una serie de televisión, La que se avecina, por “denigrar” a los enfermos mentales. Uno de los personajes de la serie, con determinadas deficiencias, protagoniza escenas que intentan provocar la risa de los espectadores.

O sea. Se acabó parte del cine. Se acabaron las historia en la que se presenta a todo tipo de personajes a los que se les falta al respeto. Ya no podremos reirnos con el tartajeo de Ozores, ni con el deficiente boxeador sonado que imitaba Toni Leblanc, ni con el inspector Clouseau idiota hasta el paroxismo, ni con el botones de Jerry Lewis, el cura don Camilo, el curioso personaje de de Tom Hanks en Forrest Gump y tantos personajes inolvidables.

Hay una ola de lo políticamente correcto que amenaza con asfixiarnos. Los gobiernos multan y prohiben a los cómicos que transgredan las fronteras de lo convencional. Se lleva hasta el código penal vestir determinadas ropas o llevar ciertos símbolos. Vamos dando más y más vueltas de tuerca para producir una sociedad robotizada de pensamiento único en la que cualquier transgresión puede ser considerada pecado o delito.

La historia de la literatura, el cine y la televisión está llena de gente que rompió fronteras para hacernos reír o llorar. Hoy estarían en los juzgados denunciados por ofensas al honor, que es el órgano que sustituye al cerebro cuando el segundo no existe.