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después del paréntesis > Domingo-Luis Hernández

Gabriel García Márquez – Por Domingo-Luis Hernández

   

Carlos Barral se disculpó varias veces a lo largo de su vida por lo que más de uno consideró infortunio: no publicar Cien años de soledad en Seix Barral. Con franqueza, no creo su versión. Si consideramos que Carlos Barral fue en parte fundador del Boom de la narrativa hispanoamericana con la publicación (entre otras muchas) de la soberbia La ciudad y los perros, la pretenciosa y excesiva novela de García Márquez, asentada en lo típico y parcial de América, no cabía ni en sus presupuestos ideológicos ni en sus presupuestos formales. Luego, la historia dice que Gabriel García Márquez es, para la literatura en lengua española, un verdadero fenómenos de masas, a la altura de una estrella del cine o del deporte. Y esa cuestión, más que un premio, se convierte en un verdadero inconveniente para el caso y para la literatura hispanoamericana. Hasta García Márquez la literatura del Sur del continente se asentaba en el principio de actuación en la letra, de la responsabilidad con la escritura, cual los autores habían aprendido de la gran tradición hispana o del mundo. Luego de García Márquez importa más el éxito que lo otro, al punto de aberraciones tan considerables como El amor y otros demonios, Memorias de mis putas tristes, por no hablar de Noticias de un secuestro. Eso nos pone ante aviso sobre este escritor, para quien la ética y la responsabilidad dichas no son tan importantes como el comercio. Quiero decir que García Márquez no es Borges, ni Arlt, ni Onetti, ni Carpentier, ni por supuesto Rulfo (a quien parafraseó toda su vida y de quien aprendió los manejos Faulkner). Concurre el asunto dicho con la funcionalidad política: el alzamiento del genio hasta el lugar de la absoluta eminencia. De donde si la gran figura de la lengua es Cervantes, por el Quijote, García Márquez delimita el presente. El Gobierno de Colombia y la Academia de la Lengua deciden, cosa no extraña en un país tan culto como España, cual recordamos por conceder el Premio Cervantes ex-aequo a Borges y a Gerardo Diego, deciden: si edición popular y masiva del Quijote, edición popular y masiva de Cien años de soledad. Tal relación es errónea, por no decir funesta, porque Cien años de soledad nada tiene que ver con el Quijote y Gabriel García Márquez o no leyó el Quijote o lo leyó muy mal. Y se repite que Latinoamérica es lo que es por él, y eso es otro infundio. Por el trasnochado panamericanismo, la idea de América en García Márquez se remonta a la época romántica, a las fechas en las que (contradictoriamente) se crearon las fronteras, al momento en el que espada y falo eran la misma cosa. Así, el machismo más irredento y absolutista es el signo, mujeres cazadas al asalto y por la espalda. La virginidad en su punto se dilata con los miles de litros (récord Guinness, sin duda) de semen con que cuentan sus páginas. Luego, el escritor que declaró haber leído al divino Tanizaki (¡Dios bendito!) tiene muy poca idea de eso que es y se llama erotismo. Y a esa idea de América la remata la tesis impresa en Crónica de una muerte anunciada: frente al modelo basado en la ley, en la justicia del Humo de Faulkner, el primitivismo, la muerte sin defensa (como en los circos romanos), la barbarie. Es decir, menos mal que el post-boom (Sarduy, Puig, Piglia, Moreno-Durán…), con su inteligencia, sabiduría, compromiso particular y real nos volvieron a mostrar América y dijeron “barbarie” sí, pero por la “imaginación”, si no…
Descanse en paz, ese al que sus amigos llamaron Gabo.