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Gabriel García Márquez – Por Luis Ortega

   

En un inacabable viaje interinsular -con retrasos en salida y atraque y mala mar- un periodista colombiano que se exilió, para suerte colectiva, en la literatura, barrió distancia y tiempo, incomodidad e impaciencia y me sumió en la entraña de familiar de los Buendía, que no tuvo una segunda oportunidad en la tierra. Eran años de estudio, trabajo y ocios abiertos a los horizontes del idioma español, en las letras y cantos, de las primeras salidas al extranjero y del descubrimiento de realidades paralelas donde, como en nuestros microcosmos, la cotidianidad se desenvuelve con sustantivas y abundantes dosis de magia. Devoré Cien años de soledad en catorce horas de las navidades de 1969, que volaron contra los bandazos del vapor y los mareos y quejas de los pasajeros. Gabriel García Márquez (1927-2014) entró entonces en el anaquel de los elementos imprescindibles para un escribidor local que siguió con interés y admiración su vida y su obra. A partir de “la mayor revelación en lengua castellana después de El Quijote” (Pablo Neruda), hice paciente acopio de los cuarenta títulos editados, desde La hojarasca (1955) hasta Yo no vine a hacer un discurso (2010). Y cada día me reafirmo en la impresión primera de que en aquel autor genial y suntuoso latía todo un continente literario, con las matriarcas de Gallegos, y los tipos, entre la vida y el sueño, de Rulfo y Carpentier, las evasiones de Borges y la pulsión de los tiranos de América, cuya galería de retratos abrió el gallego Valle Inclán,manco como Cervantes, y siguieron nombres sobresalientes de allá, Asturias -Nobel como Gabo- y Roa Bastos, entre muchos.

Para vivir “otra dimensión de la dictadura”, residió en Barcelona en las postrimerías franquistas y algún acto o gesto, como la sacralización del jefe único, se reflejan en El otoño del patriarca. Desde 1999 luchó contra un linfoma, con la entereza y coherencia con la llevó su ideología cercana a un socialismo “de libertad y progreso”, sus amistades con políticos de diverso signo: Fidel Castro, sobre cuyas confidencias hizo un libro; Bill Clinton, que levantó el veto norteamericano que pesaba sobre él por sus críticas al imperialismo; y Felipe González que llegó al poder con respaldo popular. Ayer, y, en condiciones mejores que antaño, regresé de la isla en ferry; llevé en el parco equipaje, y releí salteados fragmentos de “la novela más bella del mundo”, a cuya singular imaginería se unieron la visión de un liqui-liqui en Estocolmo y la lluvia de flores amarillas al son de vallenatos en México.