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Goles de Anchieta – Por Carmelo Rivero

   

El padre Anchieta es consagrado santo en vísperas del Mundial de Brasil, y ese país mural vive en un contrasentido. Los disturbios en las nuevas urbes florecientes que el canario ayudó a fundar -Sao Paulo, Río- en contra del cónclave futbolístico en la patria donde el balón es un dogma de fe, desconciertan. El santo poeta era como un atleta bajo cierta discapacidad: con la espalda rota, no paró la pata, y marcó un gol contra la esclavitud en el Brasil del siglo XVI, sin calzarse las alpargatas artesanales que fabricaba. Los futbolistas que disputarán el Mundial en junio y julio con borceguíes de Nike o Adidas allí donde el jesuita lagunero escribía versos con una rama en la playa (hábitat del fútbol carioca), no entienden qué pasa. Anchieta, maestro y médico naturista, habría clamado también por hospitales y escuelas como en esas revueltas. Se sentía un “pobre inútil” al lado de una tropa de “amadores de pobreza” y era como un verso suelto en la evangelización de la selva. Sin forzar comparaciones con Bartolomé de las Casas, fue un irrefutable apologista del indio, al que no le perdonaba las borracheras y la antropofagia. Cinco siglos después (480 años de su nacimiento), un papa vecino y futbolero -de Argentina- lo eleva a los altares, realzando: “Anchieta no le tuvo miedo a la alegría”. Feliz con poco, dramaturgo, que no dramático, regresar a sus textos conmueve y divierte y da sopas con honda a la miseria. Por seguir con el símil -2014, año del fútbol, Obama pelotea con un robot-, los futbolistas que no meten la pierna para no faltar a la misa de Brasil, tienen en Anchieta un dechado de panaceas: ‘jugaba el partido’ con faja y remedios atravesando, ajeno a la escoliosis, miles de kilómetros de pantanos y lodazales sin perder la sonrisa nómada, a la que se refería Bergoglio.

Elena Poniatowska, la mexicana que recibió el miércoles el Cervantes como una Sancho Panza para los sin tierra, me definió América en una cena como una gesta humilde. Yo recordé a nuestros emigrantes fundando ciudades y encauzando barrancos. Anchieta engendró una nación con esa temperancia que atenúa la mala fama de la colonización. Era lagunero, con América en las venas ya en las calles de su infancia. La repulsa de las favelas por los fastos del Mundial tiene más de Anchieta que de Pelé.