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luces y sombras>

Gracias, Gabo – Por Pedro H. Murillo

   

Dicen que alcanzas la madurez literaria cuando aniquilas a tu referente creativo. Muchos lo consiguen, como Roberto Bolaño, quien se nos fue tan pronto. Ahora, Gabriel García Márquez se apagó lentamente en su casa de Ciudad de México rodeado de los suyos. Siento una tristeza casi líquida solo atenuada con la certeza de que, de alguna manera, sigue con nosotros el contador de historias que marcó tantas páginas y borrones.

Márquez tenía una frase de una contundencia deliciosa. Decía que a un escritor se le conoce más por lo que tira a la papelera que por lo que publica y que lo realmente revolucionario de este oficio es escribir bien. Todos los que nos dedicamos a esto de la literatura le debemos al menos una caricia de estilo.

En mi mochila de la adolescencia compartieron espacio, tiempo y amores dos libros: Rayuela y Cien años de soledad. Fueron muchas lunas de aprendizaje y admiración, con esa manera de construir lo extraordinario y esa forma tan peculiar de hacer el amor con la sintaxis. Después llegaron las fobias y la distancia, la literatura anglosajona y un hermetismo que me alejó de aquel Aureliano Buendía.

Me convertí en lector profesional y Gabo tuvo mucha culpa de que no escribiera: recuerdo que en aquel tiempo una persona a la que amaba me reprochó que no le dedicara ningún escrito, y le respondí que todo lo que tenía que decir ya lo había escrito Márquez, Cortázar, Gelmán y Ángel González infinitamente mejor. Huelga decir que la chica me mandó a freír chuchangas.

El pasado verano regresé a Cien años de soledad, como quien retorna a la casa de la infancia en donde el viejo Melquiades continúa paseando aterido de siglos e inventos. Las puertas y ventanas seguían crujiendo de la misma manera, con esa música divina de la pianola de Pietro Crespi, eterno enamorado de la ausente Amaranta y ese aire viciado de la epidemia de insomnio que devastó el pueblo durante meses y trajo consigo el peor síntoma de todos: el olvido.

Me percaté de que la casa seguía en pie y que mi mirada continuaba perceptiva a la maravilla como aquel día hace ya mil años en los que abrí el libro en la atiborrada biblioteca de mi madre y ahí estaba como un insólito big bang, como un simple algoritmo de vida: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella remota tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.  

Gracias Gabo, buen viaje.