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Hablar de Dios – Por Francisco Muro de Iscar

   

Desde Málaga o Sevilla a Valladolid y Palencia, desde Toledo hasta Córdoba desde Cantabria a Murcia, del norte al sur, del este al oeste, España entera vive la Semana Santa. Dios en las calles, ese Dios que muere en la cruz, ese Dios del Perdón y de la Paz tan abandonado por todos, católicos y no católicos. Para algunos es puro turismo, descanso, diversión. Para muchos millones de españoles y para no pocos turistas es más, mucho más. Las procesiones de Semana Santa seguramente están en su momento más alto de atención y de asistencia. Detrás de los cofrades y del folclore está la esencia de la fe, la tradición, la cultura, la historia que nos ha hecho como nación. Las madrugadas nazarenas son todo un símbolo de las creencias, las procesiones del silencio encarnan el respeto de un pueblo, las Vírgenes dolientes son reflejo de tantas mujeres que sufren hoy en el mundo. Decía el cardenal Martini que “Jesús ha ido al encuentro de la muerte porque ha querido ir a nuestro encuentro hasta el final; no ha querido volverse atrás frente a ninguna consecuencia de su estar con nosotros, confiándose completamente”. Dios con nosotros y nosotros cada vez más lejos de Dios en esta sociedad que vive al día, que busca el placer inmediato, que no quiere afrontar el sufrimiento ni el dolor ni la muerte. Por eso, un tiempo, aunque sea pequeño, para la reflexión. Un tiempo para hablar de Dios, para encerrarnos en nosotros mismos, para interpelarnos por lo que somos, por lo que hacemos por los otros. Y por lo que no hacemos. El Dios del papa Francisco, que es el Dios de todos los creyentes, habla de misericordia, de acercamiento, de llevar a “cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico que se resume en el anuncio del amor del padre misericordioso, listo para abrazar a Cristo en cada persona”. Para el papa Francisco, la Cuaresma que termina en la Semana Santa, en la muerte de Jesús en la cruz, pero que no tendría sentido sin la resurrección y sin la Pascua, “es un tiempo adecuado para despojarse”. Despojarse de todo lo que nos sobra en lo material y en lo espiritual para dárselo a tantos que no tienen nada, a los millones de desempleados que no tienen esperanza, a los niños que viven por debajo del vergonzante umbral de la pobreza. Despojarse de todo para abrazar, como lo haría hoy el Jesús de la cruz, a los más débiles, a los que llegan en patera o saltan vallas para huir de la miseria y del sufrimiento. Estos días hay que mirar a la cara a ese Jesús del madero, a esa madre que sufre en su carne el dolor del hijo, el dolor de todos los hijos que sufren. La Semana Santa debería ser tiempo para eso. Para hablar del Dios que ama, que sufre, que es capaz de dar la vida por los hombres, del Dios del perdón y la esperanza. La Semana Santa no excluye a nadie, nos une a todos, nos recuerda lo que somos y, sobre todo, lo que debemos ser.