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Javier Díaz – Por Luis Ortega

   

El oficio no es ninguna garantía para contar y lamentar una muerte próxima o ilustre, porque la elegía, pese a excelsos ejemplos, no es sólo un género literario, como la necrológica no es una, más o menos, cuidada variedad periodística. Cuando se escribe de personas, como ocurre con esta columna, la muerte – aún como reparación de una injusticia o como vía a la gloria – tiene una frecuencia indeseada y el escribidor, que siente y padece, en tal situación, bebe más café y fuma más pitillos de los habituales. Me toca lamentar la ausencia de un amigo de siempre, desde la infancia inquieta y modesta a la madurez que la viste con tintes dorados y nostálgicos. Despido a una persona con la que las conversaciones se reanudaban, acaso porque siempre estuvieron en el aire y, acaso, porque el aire del afecto no se mueve mucho de las geografías que le son gratas; un vecino al que admiraba porque era capaz de animar la tertulia de cercanos ociosos, sin parar en sus tareas de carpintero fuera de lo común porque, como todo hombre que se precie, amaba su trabajo y se exigía tanto como el que más en su desempeño.

Digo adiós a un personaje de instinto claro, rápido y de divertidas ocurrencias que mantuvo vivas las esencias de un barrio amenazado por la desmemoria. Apenas hubo tiempo para conocer su enfermedad y comunicarme mi hermano -vía sms – su desaparición y para que, sobre un mar de nubes, regresara a San Sebastián, a la carpintería donde maestro Desiderio enseñó la ebanistería a sus numerosos hijos; para que recordara aquella casa grande en la Calle del Medio que tenía, como telón de fondo, el Atlántico de las travesías soñadas, y para que relacionara, nombre a nombre, a los hijos de una mujer buena y abnegada; para que viera con los ojos del alma la solemne ascensión del globo aerostático que abría las fiestas de enero en honor del mártir Sebastián, para que sintiera, con los oídos del alma, los sonidos propios de la fecha, los voladores y las campanas a la hora del Ángelus y, en el arranque y la entrada de la única procesión que recorría la periferia alta de la ciudad, despersonalizada por lo que muchos deberán rendir cuentas. Me queda también el desconsuelo de no haberle encargado – ¿quién sabe nada? – uno de los curiosos arcones que, hasta el final de sus días, construyó con mimo. Javier Díaz Henríquez (1942-2014) al llegar a su destino eterno, fue saludado con aquel singular repique de bronce pobre porque los ángeles traviesos tienen una extraordinaria maña para la copia e infinito amor para la buena gente.