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José de Anchieta – Por Miguel L. Tejera Jordán

   

Lo que escribo a continuación lo escribiré (tal cosa espero) desde el más grande y exquisito de los respetos. Por tanto ruego, a los lectores, pocos o muchos, que sean considerados con un servidor. Que aprecien mi buena fe. Y que acepten mis puntos de vista de una manera tranquila y relajada, pues no tengo la intención de ofender ni disgustar a nadie por las ideas que cada cual defiende. Tan legítimas como las mías. San José de Anchieta fue un lagunero ejemplar, evangelizador de Brasil. Acaba de ser canonizado por quien puede hacerlo, el sumo pontífice de la iglesia católica, apostólica y romana, el Papa Francisco. En dicho plano, me uno de todo corazón a la alegría de la comunidad cristiana, lagunera y universal. Y celebro que, el otrora beato Anchieta, engrose ya la lista de santos a los que la iglesia distingue con tan altísimo honor, cual es, se supone, acompañar a Dios por los siglos de los siglos, allá arriba, en el cielo… Llegados a este punto quiero plantear un primer enunciado personal: desde que tengo uso de razón, (aunque siendo niño, sin embargo), me ha disgustado profundamente mezclar política con espiritualidad. Soy católico bautizado, por mis padres, quienes obviamente no me preguntaron si quería serlo.

Ni yo podía contestarles, porque era un bebé. Pero es cierto que no soy un católico practicante. Y ya me gustaría. Si viera a una iglesia separada del poder político y a los políticos estrictamente separados de la religión. Por tanto no sé (y que nadie se me enfade, por favor) qué hacían políticos de Coalición Canaria en la plaza de San Pedro asistiendo a los actos de la canonización. Y tampoco sé (Dios me perdone) por qué el papa Francisco le pide al alcalde de La Laguna, Fernando Clavijo, que los canarios recemos por él (por el Papa, se entiende). En puridad, Fernando Clavijo tenía perfecto derecho de estar en en El Vaticano, pero no como alcalde de los laguneros, sino como Fernando Clavijo. Y nada más. Llegados a este extremo, se me dirá que acudió como alcalde de La Laguna. Y es aquí cuando, una vez más, reivindico la literalidad de lo que debe ser una sociedad laica según mi criterio: ningún alcalde debe acudir a actos religiosos y ningún Papa debe pedirle a un alcalde que recemos por él. Para ello estaba allí el obispo Bernardo Álvarez, jefe de la grey católica de la diócesis tinerfeña, no el señor alcalde de La Laguna quien, le guste a quien la guste, es el representante de un partido político, que, junto con otro, gobierna el Archipiélago, estando los dos (a los dos partidos me refiero) sometidos no ya a la desafección de sus propios militantes y simpatizantes (Palma, Gomera y El Hierro), sino de miles de ajenos, es decir de miles de ciudadanos de estas islas, creyentes y no creyentes, que ni estamos por la labor de extender un cheque electoral en blanco a CC y al PSOE (ni a priori a ningún otro) y menos aún deseamos que Fernando Clavijo se convierta en el correo del Papa con los canarios, como Miguel Estrogoff lo fue del zar para los rusos. En Roma estaban Clavijo, Oramas, Castro, Doménech (¿el rector?) y váyase a saber cuántos otros que creen que Anchieta puede ser una especie de eurodiputado celestial de Coalición Canaria. El Santo debe estar carcajeándose de lo lindo.
Coalición Canaria escenificó en Roma una cutrada. Y no es que me guste navegar contra la corriente. Si bien me encanta.
Como canario nunca había pasado tanta vergüenza viendo a la crema de la crema de CC dándose un baño de fotos al lado del Papa.
Reitero: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
(San José de Anchieta, líbrame de toda manifestación de ira por enunciar con respeto tu santo nombre).