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José Manuel Bermúdez – Por Luis Ortega

   

En más de treinta años de autogobierno, ejecutivos de distinto signo han regateado en las inversiones en infraestructuras culturales en Santa Cruz de Tenerife y, en cambio, han derrochado presupuestos en discutibles y costosas actividades, en intereses y caprichos nepotistas para un camarilla de divinos residentes y trasterrados que tenían complementos económicos año tras año, hiciera sol o lloviera. En lugar de apostar por una instalación ambiciosa y adecuada, los responsables culturales optaron por usar los espacios de la fallecida CajaCanarias, con ostensibles limitaciones desde su construcción, o los municipales, La Recova y el Museo de Bellas Artes. En un disparatado y lesivo convenio para la capital, la Consejería ocupó las mejores salas para sus usos adecuados y discutibles; porque nadie ha ofrecido un discurso coherente sobre las actuaciones de un departamento que ahora se quedó en una dirección general y, poco antes de la crisis que se veía venir, pretendía programar, como en la Biblia, sus ocurrencias por Septenios. El alcalde José Manuel Bermúdez, por fin y esa es una decisión que le honra, le puso el cascabel al gato; denunció el final del convenio y, “para no dañar a terceros” se acordó como fecha inaplazable para el desalojo el 16 de junio. Destacamos el mérito de los pioneros que, en 1929, abrieron las catorce salas de un edificio clasicista, en la trasera del desamortizado convento de San Francisco, y proyectado por Eladio Laredo, que cumplió con los propósitos patrióticos de poner en valor a sus glorias artísticas y científicas (en su fachada aparecen, entre otros, los bustos de Antonio de Viana, Agustín de Bethencourt, Teobaldo Power, Valentín Sanz y Villalba Hervás) y didácticos: enseñar la evolución de los estilos plásticos y emparejar los nombres españoles y europeos – cuenta con destacadas donaciones y una notable y nutrida cesión del Museo del Prado – y los canarios, desde los barrocos Gaspar de Quevedo, Hernández de Quintana y Juan de Miranda hasta la Generación de los 60. La recuperación de los espacios ocupados por las oficinas judiciales, que aún deberán completarse en el menor plazo posible, y el adecuado traslado de la Biblioteca Municipal al TEA, permitirán que, al fin, duplicada la superficie expositiva, la capital cuente con una institución que sirva, en los albores del siglo XXI, a los fines para los que fue creado en la centuria anterior. Esa es la segunda meta que debe impulsar el alcalde Bermúdez, tras despejar el inmueble de una intrusión absolutamente inútil y que pasará sin dejar huella.