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José Padrón Machín – Por Luis Ortega

   

Aquel personaje singular que mantuvo y, en gran medida, construyó la imagen legendaria de El Hierro, gozaría con la exposición que, durante este mes y en la Casa de la Cultura de la capital, presenta Julio Padrón y en la que la isla natal adquiere un protagonismo notable. Cronista de las antigüedades y profeta del futuro, José Padrón Machín (1905-1996) describió con su personalísima prosa -unas veces magra y sintética, otras densa e impregnada de romanticismo- la peculiar geografía y gentilicio. Y, en una ajustada réplica plástica, el pintor plasma, con amor y conocimiento probados, las singularidades topográficas y cromáticas de un breve territorio, tocado por un halo mágico y misterioso que no deja indiferente al viajero sensible. Piñero residente en la Villa blanca, el sabio autodidacta soñó siempre con un despegue económico, demográfico y urbanístico que, curiosamente, aparece ahora en sus vistas urbanas, con la densidad arquitectónica y la actividad vital que siempre deseó el periodista que, aún nonagenario, escribía y hablaba para numerosos medios informativos. En rotundo contraste con estas estampas urbanas, Julio Padrón interpreta, con gran originalidad, los colores diferenciales de la Isla del Meridiano, los verdes intensos y casi minerales, las amplias gamas de ocres y las tierras que van de los tenues amarillos al marrón que aspira a rojo, donde cualquier obra humana, una casa o un pueblo, parecen sostenerse sobre bases de sueño y tocarse con cielos inescrutables.

En los últimos años, ha desplegado un valiente y atinado recorrido por los caminos isleños en busca de nuevos encuadres que, sin rupturas con las claves de identidad de las geografías conocidas, las liberara de los tópicos que, pese a su fondo cierto, trivializan lo profundo, vulgarizan lo hermoso, uniforman lo peculiar. En las siete etapas supo adaptar la retina al aura de cada paisaje, al envoltorio aéreo de un paraje y, lo que tiene mayor, dificultad, al clima del mismo mar que, en una latitud única, tiene diferentes temperaturas de luz. Ese desafío, superado con nota, se revalida en la muestra herreña porque acaso esta breve tierra, el último occidente, es la que más complejidad presenta para la interpretación pictórica e, incluso, fotográfica.

La virtualidad mágica -que se leía entre líneas cuando el viejo Machín trataba de asuntos herreños sin protagonistas ni tiempo- está en las sugestivas telas que constituyen el acontecimiento cultural más notable de esta primavera en Santa María de Valverde.