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Juego peligroso – Por Jorge Bethencourt

   

La tesis es que ambos, el Gobierno del PP en Madrid y los secesionistas catalanes, están cómodos en una situación que cuanto más tensa se vuelva más éxito político les proporciona. Si se analiza fríamente es cierto que para un gobierno impopular, desgastado por los recortes y criticado por incumplir flagrantemente sus promesas electorales, enrocarse en la defensa de la unidad de España es como encontrar un salvavidas político en medio del naufragio. Y para los secesionistas catalanes, escenificar un poder central que se niegue a cualquier evolución constitucional es un chollo político que les sitúa en el escenario perfecto para plantear un cambio radical ante un silencio radical. Imaginar una intervención de la autonomía catalana y la suspensión de sus instituciones, entre otras medidas excepcionales, resulta escalofriante. Porque situaría a quienes defienden la independencia en las proximidades del martirio y abonaría el discurso de una España obcecada, obtusa y facha. La colisión de dos nacionalismos, el español profundo y el catalán recalcitrante, es un choque de trenes sentimentales de imposible conciliación. Pero si a eso se suma el rédito político, apaga y vámonos. La defensa de la amenazada unidad de España es para el PP como el hallazgo de una veta de oro en el desierto del final de la legislatura. A la razonable y sensata posición de los socialistas, proponiendo una reforma constitucional más que necesaria y un federalismo asimétrico a discutir, le va a pasar lo que a todas las cosas moderadamente razonables: nadie les hará puñetero caso. Lo que viste hoy es la algarada, el griterío, el enfrentamiento, el espectáculo.

Y cuanto más ruido y más furia, más asegurada estará la atención del respetable. Leerse otra vez la España invertebrada de Ortega es como indagar en un libro recién salido de la editorial para analizar la actualidad del país. Solo que ha pasado casi un siglo, un golpe de estado, una guerra civil, el asesinato de miles de españoles a manos de miles de españoles y cuarenta años de dictadura. Vivimos los tiempos del mañana con los mismos pecados del ayer. No hemos aprendido nada de la historia, que parece condenada a repetirse, esta vez como peligrosa farsa hecha por gente políticamente diminuta que danza al ritmo del minué de las pasiones: el combustible con el que han ardido siempre todas las razones.