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Luis Bertrán – Por Luis Ortega

   

Canonizado el 12 de abril de 1691 por Clemente X, Bertrán e Eixarch, según los valencianos,”logró en siete años mayor prestigio y afecto que otros misioneros en toda una vida de sacrificios y coronada por el martirio”. Con ese orgullo me habló un lego mientras me guiaba por el convento dominicano de Santa Fe de Bogotá, que gobernó el virtuoso varón, “dotado por Dios con el don de lenguas y superviviente de ataques y conjuros perpetrados por los encomenderos españoles a los que censuró su usura y mal trato a los nativos”. Miembro de una familia noble y pariente lejano de San Vicente Ferrer, en 1544 entró en el noviciado levantino y, dieciocho años después, viajó al Virreinato de Nueva Granada; predicó con rara elocuencia y obró prodigios que corrieron de boca en boca, mientras sin reparar en los riesgos, animaba a los indígenas a reclamar condiciones justas de trabajo. Fue el enemigo a batir por los propietarios de las minas y explotaciones agrícolas que, pese a su insistencia, fracasaron en todos los intentos para asesinarle, ya fuera con venenos que el monje “expulsaba en forma de serpientes que atacaban a los envenenadores ya fuera con arcabuces que, al ser disparados, se convertían en crucifijos”. Conviví desde la niñez con una estampa de un monje barbado, traída por un pariente de Suramérica, que sostenía una copa de la que emergía una rara criatura, mitad ofidio y mitad dragón y que, como pie, daba su nombre – San Luis Beltrán (1526-1581) – y sus virtudes – taumaturgo milagroso, valedor de los indios – y lo remataba una oración – para curar el mal de ojo y todo tipo de dolencias. De ahí mi interés por el personaje que satisfice en la actual Colombia donde, pese a su corta estancia, se le profesa gran veneración, y en nuestra Valencia, donde su huella quedó en las fundaciones de la Orden de Predicadores y en un sobrio templo de comienzos del siglo XX, construido en la periferia pantanosa. Muy popular entre las curanderas, el rezado invoca a Dios y a su Santa Madre, a vírgenes y mártires y gran parte de la corte celestial, y precisa en la petición final: “Te suplico, Señor, para más honra tuya, y devoción de los presentes, te sirvas por tu piedad y misericordia de sanar y librar de esta herida, llaga o dolor, humor, enfermedad. Y no permita tu Divina Majestad, le sobrevenga accidente, corrupción ni daño, dándole salud para que con ella te sirva y cumpla tu santísima voluntad. Amén, Jesús. Yo te curo y ensalmo y Jesucristo Nuestro Señor Redentor te sane; bendiga y haga en todo su divina voluntad. Amén”.