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A mala hora – Por Román Delgado

   

El maestro Gabriel García Márquez, hoy difunto en carne, hueso y mente, tras tanto descubrir, innovar, revolver y ofrecer como antes pocos lo habían hecho, ya sólo le quedaba esto para sentirse un vulgar humano, para ser como el común de los mortales. Lo alcanzó el adiós, algo que, se quiera o no, a todos nos llega, a todos nos alcanza, pero no a todos nos hace desaparecer. Es la gran diferencia. Usted ya forma parte de ese privilegiado último grupo, del colectivo de fallecidos que jamás serán olvidados…, gracias a su obra literaria y ensayística, a su pensamiento y a su coherencia política, filosófica y personal, que, y esto sí es la pura verdad, supera al común de los mortales, sobre todo por ser extraordinariamente homogénea en la calidad que atesora, no sin algún desliz de texto menos bueno (por feo que ahora resulte reconocerlo).

Así que, señor Gabriel García Márquez, quizá no le haya dado tiempo, aunque igual sí, de comprobar que La soledad era esto, una forma de Desgracia, o tal vez pura Biografía del hambre, aunque ésta se muestre Del natural. Los adioses, que dijo en su estancia en el mismo solar el uruguayo Juan Carlos Onetti, debe ser algo muy parecido a El astillero, a su niebla, a su horror húmedo de llovizna sobria, aletargada y silenciosa. Me quedo, y esto sí que tiene que ver con La magua, con El amor en los tiempos del cólera, que, como el Quijote, da para tanto, mucho, bastante…, y no admito Corrección alguna. Miro hacia la pantalla del ordenador tras dar el enésimo giro después de acudir a alimentar la verborrea literaria con títulos y más títulos, los que hallo justo detrás, en baldas y más baldas repletas de ejemplos de la afición que usted me ayudó a engordar, a seguir sin descanso: uno de los enganches más placenteros. El pasado, que tituló Pauls, me dio Cien años de soledad, La hojarasca, La mala hora, Diatriba de amor contra un hombre sentado, Crónica de una muerte anunciada, Relato de un náufrago… El pasado es lo más parecido, al menos desde hace unos días, tras ese su ocaso personal, a La piel fría, al Crimen, a El túnel, a un punto y final sobre Las intermitencias de la muerte. La Muerte súbita, querido Gabriel García Márquez, es el epílogo de un Ensayo sobre la ceguera, es como Doce cuentos peregrinos, como La llama doble; es un Cuando ya no importe…, La noche de los tiempos o la vida a la Intemperie. Querido Gabo, Gracias por el fuego, por La tregua, por tantos Despistes y franquezas. Querido Gabo, gracias por empujarme hacia todos esos títulos y más; gracias por hacerme Vivir adrede, con mis Insomnios y duermevelas; gracias por El ejercicio del criterio. Para mí ha sido El siglo de las luces. Pena no Vivir para contarla. Llegó La mala hora. Se cierra el Diario de un mal año. Lo tuyo es sólo Un momento del descanso. Eso espero.
@gromandelgadog