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Más certificados – Por Francisco Pomares

   

Llevamos años protestando por tener que presentar el certificado de residencia en los aeropuertos, y -a pesar de las garantías de la ministra y las promesas de los políticos- el asunto sigue aún sin solucionarse. Es sangrante, pero me parece de mucha menor enjundia que tener que probar que uno esta vivo para poder cobrar la pensión.

Desde hace meses, las entidades bancarias que canalizan el pago de las pensiones a muchísimos jubilados, exigen -y no una vez, sino de forma recurrente- que el beneficiario de la jubilación demuestre que esta vivo. ¿Y como se hace eso? Pues personándose ante la entidad bancaria con el carné de identidad en la boca, o remitiendo al banco una fe de vida que demuestre que uno no la ha palmado y sigue teniendo derecho a la pensión. Los bancos se excusan por tener que exigir que el vivo demuestre que no ha muerto y explican que son las normativas actuales que regulan el cobro de pensiones y prestaciones mediante libretas o cuentas corrientes, las que obligan a comprobar periódicamente el estado vital de los jubilados. La coña está en la coletilla que asegura que la comprobación es muy simple y no supondrá molestia alguna: basta con acudir al banco. Si uno tiene muchos años y la movilidad reducida, o padece una enfermedad que le obliga a quedarse en casa (algo por desgracia frecuente a ciertas edades), puede llegar ser muy molesto tener que dedicar la mañana a presentarse en el banco.

Pero en fin… el Estado inspira sus políticas para con los jubilados en una concepción que parece sacada de la última película de Paco León, Carmina y Amén, en la que la doña oculta unos días la muerte de su marido para poder cobrar la paga del mes siguiente. En el cine, esa historia provoca risa. En la realidad, produce terror que se obligue a los ancianos a demostrar que están vivos, para así evitar que alguien se quede con el dinero de las pensiones.

Es una vergüenza: vivimos en un país en el que la presunción de inocencia ha saltado por los aires. Pero no me refiero a la de quienes se ponen las botas con el dinero público (esos disponen de abogados pagados por todos, que les garantizan las convenientes protecciones legales), sino a la situación del común. Para viajar, tenemos que demostrar que somos inocentes del fraude a la residencia. Para cobrar la pensión, que somos inocentes del fraude de estar muertos.
Si no fuera trágico sería surrealista.